¿Nadie quiere elecciones?


La mayoría de los españoles no quieren volver a las urnas el 10 de noviembre. Según la encuesta de GAD3 publicada ayer, el 64 % prefieren que se forme Gobierno y solo el 33 % aboga por la repetición electoral. En el seno de la izquierda, ocho de cada diez votantes del PSOE y de Podemos no quieren elecciones. Suscriben sin duda la reciente declaración de Felipe González: «Que hagan lo que quieran, pero que no nos lleven a elecciones». Recomendación sensata que, salvo milagro de última hora, caerá en saco roto.

Los dirigentes de los cuatro principales partidos aseguran que tampoco quieren yugular la legislatura recién iniciada. Lo dicen de boquilla, como parte de su lucha por el relato y su eslogan de campaña: yo no quería, pero las habrá por culpa del otro. El otro siempre será, tanto en aguas de la derecha como en la izquierda, el compañero de viaje o socio preferente que pesca en el mismo caladero. Pariente ideológico y político, pero también rival irreconciliable a la hora de repartir la herencia y el voto. Amigos para siempre, pero a vaquiña polo que vale.

Digámoslo ya: ninguno de los cuatro es sincero, porque cualquiera de ellos -Casado o Rivera, Sánchez o Iglesias- tiene en su mano evitar la repetición electoral. Si esa fuera su prioridad, bastaría una palabra suya para salvar la investidura. Así pues, una de dos: O bien mienten descaradamente por el día y sueñan por la noche con un 10 de noviembre repleto de bienes y sufragios; o bien -concedámosles el beneficio de la duda- consideran las elecciones como un mal menor y evitar su repetición constituye un objetivo de segundo orden, supeditado a fines de puro egoísmo partidista.

Los cuatro son corresponsables de la parálisis institucional y culpables de infligir graves daños, quizá irreparables, al país. Los cuatro merecen ser condenados al ostracismo, pero saben que, mientras el maltrecho sistema aguante, algunos salvarán el pellejo y otros serán despellejados. Y a eso juegan: en función exclusiva de sus mezquinos intereses particulares o de partido.

Ándeme yo caliente y ríase la gente; traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequilla y pan tierno. Pero también desde esa perspectiva gongorina hay actitudes que no son de recibo. Uno puede comprender que Pablo Casado, con todos los vientos a favor, suspire por unas nuevas elecciones. Incluso que Pedro Sánchez, adicto de repente a la droga demoscópica que le sirve Iván Redondo, opte por una aventura de alto riesgo e incierto desenlace. Pero, ¿alguien comprende la actitud patológica, con evidentes signos de propensión suicida, de Albert Rivera? Estampa la puerta en las narices del PSOE, insufla vida al agónico PP, elimina disidentes incómodos, destroza su discurso regenerador y ahora, encaramado en la cornisa del edificio, espera la red de un pacto de izquierda para no esnafrarse en el suelo. ¿Alguien entiende la disyuntiva hamletiana -ser o no ser- de Pablo Iglesias?

Nadie quiere elecciones. O eso dicen. Pero nadie moverá un dedo para evitarlas. O eso parece.

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