La Tercera Guerra Mundial


Años dándole vueltas. Teorizando sobre la Tercera Guerra Mundial. Que si holocaustos nucleares. Que si yihadismo global. Que si invasión alienígena. Nada. Una guerra de guerrillas. Como la de Perth. Miles de australianos amenazan con celebrar allí una barbacoa gigante el 19 de octubre. La están organizando junto a la casa de Cillia Carden. Y no es precisamente porque Cillia los haya invitado. A esta mujer vegana le molestaba que sus vecinos hicieran barbacoas. Pero no se le ocurrió comentarles si podían situar la parrilla en un lugar al resguardo del viento, pedirles si podían evitar que los efluvios carnívoros llamaran a su puerta. No. Decidió que lo mejor era encarrilar el asunto por el camino judicial. Y, ni corta ni perezosa (aunque esto es solo un decir), llegó al Tribunal Supremo de su país.

La reacción no se hizo esperar, y parte de sus compatriotas están organizando el contraataque. Tienen la intención de presumir de doradas costillas, que no de tableta, ante sus narices. Así es la dinámica. Intercambio de golpes sin mediar palabra. Sucede casi a diario con cualquier tipo de dicotomía. Desde el brexit hasta la tortilla con cebolla. Ocurre con Rosalía y con la dieta vegana. Que nada nos desvíe del conflicto, no vaya a ser que en el fondo estemos de acuerdo en algo. Cualquier tema marca líneas rojas, divide entre ardientes defensores y haters. Una confrontación de guerrillas, no de países, con bombardeos al de aquí y el de más allá, sin más frontera que la del asunto a tratar y con toda la munición, la capacidad de reclutamiento y el campo de batalla que proporcionan las redes sociales. Los de colorado son los nuestros. Resulta que la Tercera Guerra Mundial era esto.

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