Exigimos penas más duras


Todos y cada uno de los partidos políticos de este país esgrimen de alguna forma el populismo punitivo como arma electoral. Por supuesto, no están solos en esta agradecida tarea, y digo agradecida porque a la turba le entusiasman estos golpes en el pecho, y nada más populista que enardecer a la turba. Los partidos tienen a su mejor aliado en algunos medios de comunicación, empeñados en presentar a España como si cada pueblo fuera un pequeño Baltimore, con un traficante de mandanga en cada portal, un violador por parque y un asesino por persona. Todos los partidos piden penas más duras, y todos creen que la justicia no funciona en el aspecto que le convenga, y los hay que piden que el acusado de según qué crímenes tenga que demostrar su inocencia, pervirtiendo así el sentido de nuestra justicia.

En este ambiente de pánico moral en el que se buscan culpables más allá del autor del delito y en el que la delación con pruebas o sin ellas consigue que todos den por hecho la culpabilidad de alguien o, al menos, que ese alguien cargue con la eterna sospecha, caben desde quienes le cargan el muerto al porno y los videojuegos hasta quienes se lo cargan al ente MENAS. Sin saberlo, van todos en el mismo barco. Quiero creer que no saben que comparten vehículo, también es verdad, pero cada vez me cuesta más.

Aunque parece que hay un auge de los delitos violentos, España sigue siendo un país seguro. Da exactamente igual lo que cuenten en la tele, los juicios que retransmitan y los delirantes enviados especiales a esos juicios. Esto no es Baltimore, ni es el Bronx en los años setenta del pasado siglo, ni lo que quiera que se le antoje a irresponsables políticos que aseguran que salimos por ahí con la katana al hombro, ni lo que diga cualquiera de las docenas de sindicatos y organizaciones policiales que a diario escriben tuits basados en mentiras vertidas por la extrema derecha más loca, que es toda la derecha que tenemos.

Pero esto, conscientemente o no, viene bien. Podrá objetarse que la seguridad en las calles del país es una preocupación compatible con otras, y así es. Pero curiosamente, esta es a la única a la que hacen caso. De otro modo, no se explica la alegre anarquía en la que se mueve la mayoría del tejido empresarial que tenemos, los sueldos de subsistencia, la siniestralidad laboral, los alquileres inalcanzables y el purulento mercado inmobiliario. De esto nadie habla, salvo para quitarle importancia o pasar muy por encima de ello con promesas vagas y etéreas. Es más importante el ridículo y marginal porcentaje de okupas de viviendas, por ejemplo, pero no que la mitad de la población no pueda tener acceso a una vivienda sin quedarse con el culo al aire, o que miles de personas lleven años enlazando contratos de trabajo temporales a todas luces ilegales en la misma empresa. A nadie le interesa esto, y es mejor hacer como si no sucediera.

La realidad es que vivimos en una sociedad de cretinos obsesionada con el sexo, la violencia y la propiedad privada que no parece que tenga mucho sexo y a todas luces no puede acceder a tener una propiedad privada o puede perder la que ya tiene en cualquier momento, y no por culpa de los okupas, precisamente. De toda esta exageración o manipulación de la realidad, surgen promesas de endurecimiento de las penas aunque estas ya sean duras e incluso aunque ya exista lo que se promete. Ahora bien, pidan ustedes penas más duras para empresarios que atentan contra los derechos de los trabajadores, verán cómo no tarda ni cinco minutos el listo de turno en decir que no hay que exagerar con la dureza de las penas.

Comentarios

Exigimos penas más duras