El segundo problema nacional


Parto de una premisa que a mí me parece una evidencia: la gente está harta. Hastiada de los figurines que, en los grandes almacenes de la política, nos han tocado en suerte. Nuestros políticos actuales, dicen los ciudadanos cuando se les pregunta, ya no solucionan problemas: ellos son el problema. El segundo problema nacional, para ser exactos. Ahora siguen superándose a sí mismos, batiendo la plusmarca de la frivolidad. Nos advirtieron por activa y por pasiva de que la parálisis institucional era nefasta para el país, e incluso catastrófica si reparamos en los negros nubarrones que asoman por el horizonte inmediato -sentencia del procés, síntomas de recesión- y nuestra falta de pararrayos -presupuestos obsoletos, reformas aparcadas en el desván-, pero ninguno de los cuatro se dignó a apretar el botón del desbloqueo y el acuerdo.

Todos ellos, y hoy no quiero personalizar para no seguirles el juego -al menos de momento-, nos arrastran de nuevo a las urnas. Nos acusan implícitamente de habernos equivocado de papeleta el 28 de abril. Y sospecho que nos volveremos a equivocar si, como vaticina alguna encuesta, solo siete de cada electores modifica el sentido de su voto. Todo seguirá igual, pero peor. De ahí mi frustración a día de hoy, no sé si estrictamente personal o representativa de unos cuantos millones de españoles. Por primera vez en cuarenta años, ante las próximas elecciones se me plantea una duda existencial entre dos opciones: repetir mi estéril voto de abril -persistir en el error- o quedarme en casa como espectador de la apuesta que se traen. Intuyo que al final se impondrá mi razón cívica y acudiré con desgana a la urna, pero me temo que serán legión quienes opten por la abstención.

La farsa vivida estos meses ha puesto al descubierto una enorme falla del sistema. La democracia significa que el pueblo soberano elige a sus representantes y, de forma directa o indirecta, designa, controla y derriba gobiernos. Pero ningún sistema constitucional del mundo dispone de mecanismos para regenerar de un plumazo su clase política. Los ciudadanos tienen que apechugar con lo que tienen, quizá porque tienen lo que merecen. No pueden, aunque quisieran, eliminar a todos los corresponsables del desaguisado. Como mucho, pueden renovar parcialmente la camarilla por el método de subasta a la baja y selección entre mediocres. El pueblo, soberano sobre el papel, no está capacitado para solucionar su segundo problema nacional.

Nuestros políticos conocen esa eiva del sistema, pero se la suda. La abstención, tibia expresión de protesta antisistema, solo les preocupa si se ceba en sus caladeros partidistas. Que España entre en crisis o que el sistema amenace ruina poco importa si consigo ser el tuerto en país de ciegos. Que los españoles aborrezcan cada vez más a los políticos no me inquieta si a mí me detestan un poco menos que a los demás. En esas estamos.

Hasta aquí, el desahogo. A partir de ahora, toca volver al redil y a comentar la nueva partida que nadie -decían- deseaba.

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