El terror es el feto del terrorismo


Habíamos apuntado tiempo atrás en esta misma columna que el terror implantado en Cataluña acabaría en terrorismo, apunte no obstante muy obvio porque en el proceso natural de desarrollo uterino un feto engendrado por el terror (engendro), y alimentándose de la placenta de la parturienta (la patria), ve la luz, indefectiblemente, el terrorismo.

La Guardia Civil llevaba meses siguiendo los quehaceres de nueve individuos de los CDR y aportando indicios de criminalidad sólidos a la Audiencia Nacional, que les ha imputado los delitos de rebelión, terrorismo y tenencia de explosivos.

(La Audiencia Nacional asume los delitos de terrorismo, razón por la que se pide su desaparición desde el País Vasco y Cataluña, y desde formaciones políticas de izquierdas que, al no conocer los fundamentos teóricos de Marx --ni saberlos quieren, pues Twitter es, a la vez, su universidad y su cátedra--, les basta con desembocar en la corriente totalitaria, ya encauzada en España y en la que ha de sumergirse todo aquel que no tenga huevos para soportar que le tilden de «fascista» y nadar, por tanto, a contracorriente).

Parece ser que el objetivo de los terroristas era tomar el Parlamento catalán, sin descartar atentar contra las policías de «ocupación» españolas y centros del Estado. Uno de ellos, Eduardo Garzón, es bien conocido por quienes implantan el terror, y hasta fue elevado a la categoría de héroe en TV3. TV3 es el paradigma del incumplimiento de las leyes más elementales y, así, el paradigma de las miserias de La Moncloa. Otro paradigma en el uno y el otro sentido es el agitador Joaquín Torra, quien hace unos meses alentó a los extremistas a «apretar más» para llegar a la independencia. 

Y ¿qué es «apretar más»? Como la gestación del engendro se iba acercando en duración al de una elefanta, era necesario provocar el parto, someter a la preñada a una cesárea y sacarle la bestia (las bombas). Pero en ese vientre hay más: pistolas y fusiles. Ya los tienen los Mozos de Escuadra, muchos de ellos con ganas de usaros, aunque creemos que no tienen cojones para emular a sus compañeros de 1934, espoleados por el criminal Luis Companys. 

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