Estoy aquí cuando quieras, así de fácil


«Estoy aquí cuando quieras, así de fácil», este es el eslogan publicitario de la última campaña de una conocida entidad bancaria. Se completa el reclamo con el dibujo de una mujer con curvas, labios rojos entreabiertos y uñas largas, contestando al teléfono. Una se pregunta qué quieren decir, quiénes son los destinatarios de la campaña, sabiendo de antemano que quienes la han realizado son profesionales de la publicidad y que habrán analizado el target de mercado. Me sé la respuesta.

El imaginario colectivo une muy pronto la imagen uñas, labios, teléfono y curvas, porque son claros estereotipos de la cosificación de las mujeres y de su puesta a disposición de los hombres para la satisfacción de sus deseos, mayoritariamente sexuales. La pornografía en las pantallas, los prostíbulos y los pisos de alterne en la vida real, de carne y hueso.

Las mujeres se pueden comprar y los deseos se satisfacen con dinero. Las tarifas pueden variar, una scort de lujo, una niña del este traficada, una joven colombiana, una madre nigeriana, todas pobres. Pero el precio es mucho más caro, para las mujeres prostituidas y para toda la sociedad. Ninguna niña crece queriendo ser puta, ninguna. Ningún ser humano nace para convertirse en mera materia prima que hace que proxenetas,  traficantes de personas o drogas, propietarios de inmuebles o empresarios del porno ganen cantidades ingentes de dinero.

Es agotador que todavía se siga apelando a la libertad de elección en la prostitución por varios motivos. El primero, porque sin igualdad de oportunidades la libertad queda tocada; el segundo, porque en un sistema democrático toda libertad tiene un límite. La libertad individual no puede justificar que existan tantas mujeres prostituidas, traficadas y esclavizadas. No habría oferta para tanta demanda, porque ya sabemos que Sin Prostitución no hay Trata.

Paloma Barreto fue asesinada el pasado fin de semana en Avilés. Sara ejercía la prostitución. Ese ha sido uno de los focos informativos en este caso, apelando en muchas ocasiones a su Libertad de movimiento y elección. He llegado incluso a leer que era una trabajadora sexual. Yo no conocía a Paloma, pero a bien seguro que en su niñez no soñaba con su destino. No se ha cuestionado que el supuesto asesino,  podría ser un putero consumidor con poder para comprar sexo. Tampoco se puso en demasía la marginación social que lleva a las personas transexuales hacia la inseguridad, hacia casi la única salida de tener que prostituirse, sobre todo en el caso de mujeres transexuales, inmigrante para más inri. Podríamos hablar del aumento de pisos para el ejercicio de la prostitución, lo que produce más aislamiento y peligro. Nos compran por ser mujeres y nos explotan sexualmente por ello.

España es el tercer país del mundo en consumo de prostitución, casi el 40% de nuestros hombres han pagado por sexo. Somos uno de los países principales de destino de las personas traficadas con fines de explotación sexual. Nuestro jóvenes se adentran en el sexo con el consumo de pornografía y cada vez más de prostitución, lo que ocasiona un aumento de violencia de género y agresiones sexuales en edades cada vez más tempranas. Ya es hora de poner el foco en qué nos ocurre como sociedad, en cómo seguimos siendo una sociedad todavía  permisiva con la institución de la prostitución. Ninguneamos a sus víctimas, las que mueren en vida y las brutalmente asesinadas como Paloma, las hacemos parecer responsables; ya sabéis aquello de niña mala que ellas se lo han buscado, libremente además. ¿Y como cambiamos? No neguemos la realidad, porque  parece no haber duda de que los puteros son los varones, de que el asesino es un varón, uno más dentro de las estadísticas que esta semana arrojaban la cifra de que el 98% de los delitos son cometidos por hombres. No se acuse al feminismo de condenar a todos los hombres, porque es verdad que, no están todos los que son, pero son todos los que están.

Porque no debe ser así, no deberían estar aquí cuando quieras, ni es tan fácil, sobre todo para ellas, aunque en ocasiones, seguramente para hacerlo más soportable, para justificarse a sí mismas, para competir en un mercado voraz en el que el paso de la edad produce una obsolescencia precoz, se cubran de un velo de supuesta libertad de elección.

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