Las encuestas coinciden en señalar a Ciudadanos como el partido que se verá más perjudicado por la celebración de nuevas elecciones en noviembre y es muy probable que acierten, pero comienza a atisbarse que también el PSOE sufrirá un revés notable, que, de producirse, le resultaría especialmente doloroso porque, evidentemente, las forzó con otras expectativas. Sin embargo, no es difícil de explicar, a nadie le gusta que le tomen el pelo y menos descubrir que lo toman por tonto, pero los socialistas, quizá afectados por el ensimismamiento que suele producir el poder, parecen haberlo olvidado. Provoca asombro leer en los periódicos que la vicepresidenta del gobierno ha afirmado que «las elecciones, en democracia, nunca pueden ser un fracaso». Del mismo modo, el desconcierto que ha creado la decisión de Pedro Sánchez de no formar gobierno cuando contaba con apoyos suficientes en las Cortes se ve agravado por la falta de argumentos serios que expliquen su decisión y la abrumadora sarta de tonterías, más o menos solemnes, con que el gobierno y el partido han pretendido suplirlos.

Estupor produjo el señor Sánchez cuando dijo que le quitaría el sueño tener ministros de Unidas Podemos en Hacienda o Transición Ecológica. Es comprensible que se sienta más tranquilo con un gobierno monocolor, pero lo es menos que un verdadero líder político piense antes en su tranquilidad que en la de la ciudadanía. Debería importarle más el sueño de las mujeres que ven cómo crece la violencia que sufren y sienten amenazados de nuevo sus derechos y los avances hacia la igualdad. Vox no ha desaparecido, al contrario, su influencia es mayor que hace unos meses gracias a PP y Ciudadanos y sus dirigentes se encargan de recordar que el machismo es una de sus señas de identidad ¿es propio de un líder, no ya de izquierdas, democrático y responsable abrirle de nuevo la puerta a la extrema derecha? ¿Era puramente táctico su anterior llamamiento al voto para frenarla? También debería preocuparse por el sueño de los trabajadores con contratos precarios y sueldos miserables. No es aceptable que se olvide del sueño de quienes carecen de una vivienda digna, del de los jóvenes investigadores sin recursos económicos, del de los parados, del de los pensionistas, del de los pacientes en lista de espera, del de profesores, padres y estudiantes con aulas sobrecargadas y escasez de medios en colegios y universidades, del sueño de la gente que solo quiere mejorar sus condiciones de vida y lo votó por ello y también del de quienes no lo hicieron, pero confían en la democracia.

No hubo verdadera negociación, por eso no puede considerarse que haya fracasado. Desde el mismo día de las elecciones, con su respuesta al grito «con Rivera no», dio a entender que no quería pactar con nadie situado a la izquierda. Su deseo era gobernar como si hubiera logrado la mayoría absoluta, con apoyos externos que exigiesen el mínimo compromiso y preferentemente procedentes del centroderecha. Cuando eso no ha sido posible, castiga al electorado con una nueva convocatoria a las urnas y la exigencia de que rectifique. Un auténtico líder debería saber aceptar la decisión de los votantes y actuar conforme a ella.

El diario italiano La Repubblica titulaba el 19 de septiembre: «Los duelistas Pedro y Pablo. Así la izquierda de los egos conduce a España al voto». No era desacertada la referencia a los egos de los dos principales dirigentes de la izquierda, pero es más discutible equiparar las responsabilidades. Pablo Iglesias había aceptado no formar parte del gobierno y que la representación de Unidas Podemos fuese reducida, presentarle después una oferta como un trágala, sin posibilidad ni tiempo para la discusión, no era la mejor vía para el acuerdo, pero la infantil tontería de decir que como no la había aceptado ya no se negociaría nada más sobre la entrada de esa coalición en el ejecutivo y dejar pasar el verano a la espera de que el calor ablandase a los otros partidos y le regalasen la investidura es intolerable.

El Gobierno de España tiene hoy 17 miembros, un presidente, una vicepresidenta y 15 ministros. Incluso aunque no aumentase el número de ministerios, como probablemente hubiese sucedido de formarse una coalición ¿puede haber riesgo de «bicefalia» en un gabinete en el que el presidente y 13 ministros son de un partido y solo tres del socio minoritario? Las decisiones importantes se adoptan en consejo de ministros, los de Unidas Podemos tampoco habrían podido ir por su cuenta. Es más, si se produjesen problemas serios, Pedro Sánchez, ya investido y sin posibilidad de ser cesado con una moción de censura, a todas luces inconcebible con esa composición de las Cortes, podría destituir cuando quisiese a los ministros de UP y seguir gobernando, con más votos de los que tenía en la legislatura anterior, hasta que considerase conveniente convocar elecciones. Entonces sí podría haber ido a ellas con el argumento de que la coalición era imposible y el electorado debía darle el apoyo suficiente para gobernar en solitario.

Las últimas declaraciones de Pedro Sánchez en EEUU, en las que se distancia de la «extrema izquierda» y afirma que pactará la reforma laboral con los empresarios, confirman que su verdadero sueño consiste en convertirse en el Macron español, una vez que Rivera se ha desplazado a la derecha dura y le ha dejado libre el puesto. Lo malo es que ya no es nuevo, ha dado demasiados vaivenes, y resulta dudoso que vaya a ganar por el centro lo que perderá por la izquierda y por la abstención.

La gran incógnita está en lo que va a suponer la presentación de Más País. Íñigo Errejón es sin duda el más brillante de los candidatos y no tiene la actitud prepotente que ha convertido en antipáticos a Pablo Iglesias y Albert Rivera. Después de tantos fracasos en los pactos, la imagen dialogante es un activo, Pablo Casado ha sabido rectificar a tiempo y ha logrado presentar un rostro más amable, lo que sin duda le va a favorecer en el ámbito del centroderecha. Quizá Más País logre evitar que muchos desencantados con el PSOE y UP se abstengan, eso ayudaría a evitar un triunfo de las derechas. También podría jugar un papel positivo en la formación de gobierno, aunque lo peor que podría hacer es entregarse al escasamente fiable Pedro Sánchez. Es cierto que si el PSOE pierde escaños el señor Sánchez debería dimitir y quizá sea otra persona la que busque los acuerdos para la investidura.

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

El sueño del señor Sánchez