Asturias entra en el club de las razas superiores


Desde la desembocadura del Miño hasta el cabo de Creus (restando Cantabria) y desde el cabo de Creus hasta la altura de San Pedro del Pinatar, en la Región de Murcia, arqueándose la línea de costa mediterránea, figurativamente, hasta Mahón, en Menorca, ocho autonomías han creado un club aristocrático, a la altura del patriciado romano o de la sangre azulada del Antiguo Régimen. Este club tan distinguido (distinguido en su acepción más rotunda: distinto del resto por su indudable calaña cromática y cromosomática) es el de las razas superiores.

Tres son las cabecillas: Galicia, País Vasco y Cataluña, que se califican de históricas, lo que de inmediato deja sin historia a las demás comunidades (Fukuyama erró con su teoría del fin de la Historia; al menos esas tres son hiper históricos desde Adán y Eva y hasta el regreso de Cristo). Los vascos, de vocación expansionista, se están haciendo con Navarra (en la Edad Media castellanos y navarros sometían a los vascos) y los catalanes, que ya presuponen que Valencia y Baleares les pertenecen, avanzan ahora por Aragón.

No es posible dejar de escribir que cinco de las ocho están gobernadas por los socialistas, una de las izquierdas canónicas que, en su ideario, figuran la igualdad y la hermandad entre los hombres. Sin embargo, como apuntó Gustavo Bueno (por ejemplo en El mito de la izquierda o España no es un mito), el PSOE toma posiciones distintas en torno a la Nación política española dependiendo de la coyuntura: «la ambigüedad de sus posiciones, determinada por la ambigüedad misma de sus principios doctrinales, será siempre muy grande» (España no es un mito, pg. 142 de la edición de 2005 de Temas de Hoy). Y tras recordar, tres páginas después, que «el españolismo del que han dado testimonio importantes dirigentes históricos del Partido Socialista (Julián Besteiro, Indalecio Prieto…)», Bueno, en la 151, señaló: «Algunos, desde una Idea tan romántica y metafísica como confusa de la Izquierda (confusa porque no distingue entre los géneros de izquierda que se contraponen entre sí), ven una traición en este alejamiento que las izquierdas llevan a efecto respecto de España como Nación, una e indivisible, al proyectar su sustitución por las diferentes naciones fraccionarias».

Una de los ocho es Asturias, que acaba de incorporarse al club. Javier Fernández había frenado los embates del racismo, porque posee una inteligencia no común y una no menos común clarividencia de a dónde lleva el nacionalismo. Pero ahora el presidente asturiano, Adrián Barbón, es su contrapuesto, y ha encontrado en Berta Piñán (no se haga un ejercicio pillo de sustituir la n por la r) a la xana que no deja día sin bañarse en las víricas aguas del río Ébola que discurre por la cornisa Cantábrica y, tras desaparecer en el subsuelo de las tierras cántabras, emerge con más caudal al este de Castro Urdiales, baña las estribaciones sureñas de los Pirineos y se precipita alocado en paralelo al Mare Nostrum.

Una consejería que incluye la Política Lingüística no es un eufemismo. Es una iluminada consejería de Policía Lingüística. Porque el asunto no es ya que los críos sean obligados a aprender una lengua de una inutilidad indecente. El asunto, y aquí está el meollo gordo (tan gordo que ensombrece la indecencia del aprendizaje), es la plantación de una nueva raza aria, a imagen y semejanza de las xenofobias aterradoras de nuestro tiempo.

La lengua es una de las locomotoras de los nacionalismos perversos. Es, y ahora dejo a Bueno y cojo a Aristóteles, una de las especies del género «filosofía primera», como denominó a la Ontología el maestro de Alejandro. Y, como especie (los términos «especie» y «género» son cosecha de quien firma este artículo), participa del principio transcendental del género, que es «el ser como ser» (Aristóteles); o sea, el ser general, que incluye lo infinito y lo inmaterial. De otro modo: sin tener ni puta idea, el Gobierno Barbón, satélite del Gobierno Sánchez, eleva a la llingua al altar del Ser Absoluto, el Alfa y el Omega. Una tragedia para una región que está en las últimas. (Los púdicos de izquierda ya no tenemos a quién votar).

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