Berta Piñán no fue la primera. En 1976 en el salón del Tinell Juan Carlos I, ya Jefe del Estado y en discurso oficial, también cometió la ilegalidad de hablar a los representantes políticos en una lengua no oficial, el catalán. Así que después de todo, lo de que Berta Piñán hablara en la lengua no oficial asturiana fue de lo más borbónico. No lo entendieron así la ultra Gloria García y el non plus ultra Ignacio Blanco. Fingió la una sofoco porque no entendía nada y pidió un traductor con el apremio con que antes las señoronas pedían sales para evitar el desmayo. Y fingía el otro alarma por la ilegalidad de usar una lengua no oficial y desestabilizó la política regional con dos amenazas disolventes: la de ponerse a hablar en inglés y, aún más dolorosa, la de ausentarse de la comisión. No entiendo qué le hizo pensar a la presidenta de la comisión, Lidia Fernández, que aquello exigía un receso y una consulta letrada en caliente y qué males veía ella en que el señor Blanco se largase con viento fresco a holgazanear a otra parte (V el de Vendetta decía no creer en las casualidades; justo en el momento en que escribo estas líneas el navegador Safari de Apple solo deja ver la web de la Universidad de Oviedo en asturiano y en inglés, no en español; o V se equivoca y es un bug casual o acierta y Apple está celebrando el día de las lenguas no oficiales). Podría parecer que la actuación de estos ultras era un ejercicio de filibusterismo. Pero creo que la cosa es más profunda y va más allá del asturiano.

Los ultras del PP y Vox no son filibusteros, sino gamberros. El gamberro es el que se divierte de manera ruidosa y desconsiderada y se complace con el efecto que causa en los demás su ordinariez. Los ultras solo creen en la política dirigida por ultras, sea en democracia o no. El estruendo gamberro no es divertido si no alborota por su audacia, su hilaridad necesita el temblor irritado de la estupefacción y el escándalo. Y los ultras en una democracia están como una banda de macarras en un concierto de música clásica: ven en la sensibilidad de los demás solo melindres y pejigueras. Un solo de violín, un anciano pobre o docenas de mujeres asesinadas son remilgos intelectuales de progres empalagosos. El escándalo biempensante es la sustancia de toda provocación y los ultras tienen la provocación como manera de conducta natural. En aquella película de Álex de la Iglesia la clave para encontrar las pistas del Maligno era que el diablo siempre imita a Dios para burlarse de él. El diablo además de malo es gamberro y quiere el cabreo de Dios. Los ultras imitan las formas de la democracia presentándose a las elecciones, votando y ocupando escaños y puestos en las instituciones para burlarse de las libertades haciendo el gamberro. Tienen objetivos políticos, desde luego: entregar nuestras necesidades básicas (educación, sanidad, vejez) al lucro privado, fortalecer los intereses de la oligarquía, restringir las libertades, dar poder a la Iglesia e imponer valores morales intransigentes y extremos. Pero la simpleza hace sus propósitos demasiado transparentes y tienen una aversión muy real por la izquierda y la democracia, les es útil el escándalo porque oculta pero también porque satisface su visceralidad contra el oponente. La izquierda lo pone fácil, porque no tiene sentido de humor, se considera llena de ideales y tiene un punto de puritanismo fácil de escandalizar.

No hablo de Vox ni de lo que viene. Hablo de lo que nunca se había ido. Se burlan de la convivencia civilizada como el diablo se burla de Dios, imitándola, inventando enemigos para que su agresividad imite la defensa de ataques imaginarios a valores compartidos. Arzobispos y derechas políticas inventan una fantasmagórica «ideología de Estado» en las escuelas para que la entrega desvergonzada de la enseñanza a la Iglesia para un adoctrinamiento masivo imite una defensa de la libertad. Deliran ideologías izquierdistas en las aulas para disfrazar sus oscuras presiones sectarias a los profesores de pin educativo y defensa de valores familiares. Fantasean leyendas remotas de quemas de conventos para que su hostilidad de otros tiempos parezca una réplica inevitable. Disfrazan su adhesión al dictador y muchas veces asesino Franco de reconciliación y comprensión cálida con la familia. Castigan la libertad de expresión impostando defensa de agresiones imaginarias. Ante los cadáveres de mujeres que se van amontonando amparan a los asesinos alucinando varones perseguidos en permanente toque de queda por acusaciones falsas de hordas de desaprensivas. Ortega Smith desbarra con crímenes y violaciones de las trece rosas, sus acólitos se agavillan en piaras para impedir que se vea una película imitando a quienes se defienden de una infamia o llevan furgonetas a las escuelas con mensajes llenos de rencor simulando que huyen de alguna amenaza. Fantasean patrias en peligro para hacer pasar por resistencia lo que es exclusión agresiva. Por todas partes el diablo se burla de Dios imitándolo. La gamberrada de la Junta durante la alocución de Berta Piñán es una más y será el nivel del debate que veamos a propósito del asturiano y su tratamiento legal.

Decía que no hablaba de Vox. Hablo de todo lo que ahora está a la derecha de Pedro Sánchez. Por supuesto que hay tejido conservador democrático y normal en España, pero no está representado políticamente. Y Pedro Sánchez debería hablar alto y claro por el lugar de frontera de la civilización en que lo colocó la actual geopolítica nacional. No puede dar ninguna credencial ni negociar nada con quienes sostienen la barbarie madrileña y andaluza. Cada pacto que haga con C’s, cada cuestión de estado que trate con ellos sin exigir la disolución de los gobiernos ultras en los que participa, es un avance en la normalización del veneno ultra y su intransigencia y es un paso más que hace a nuestra vida pública una imitación con la que el diablo se burla de la democracia y la tolerancia. El refuerzo de leyes que pudiera atajar determinados desafíos sería una buena carcajada de la democracia para sumarse al jolgorio facha. Cuando pareció que la indisciplina en las aulas se hacía preocupante, anduvieron barajándose leyes que dieran a los docentes la condición de autoridad pública en su recinto. Es una reacción a una situación. No estaría mal que, por reacción, el PSOE impulsara leyes que protejan la única libertad de enseñanza en peligro que es la del profesorado crecientemente acosado por el escrutinio reaccionario. Y tampoco estaría mal que se garantizara la libertad de expresión, incluida y sobre todo la odiosa, pero que se ilegalizara toda forma de homenaje grande o pequeño institucional, no privado, a la dictadura y sus actores. O que se hiciera un paquete de leyes para la laicidad del Estado normal en una democracia, incluida la financiación directa e indirecta de la Iglesia y la denuncia inmediata del Concordato; recordemos, por ejemplo, que por él los templos son inviolables y nuestros policías y jueces no pueden investigar en ellos la pederastia sistémica. Como digo, Sánchez haría bien en mostrar al diablo que Dios también puede carcajearse llevando la democracia a niveles difíciles de imitar por el Maligno.

Pedro Sánchez dio muestras preocupantes de frivolidad en la manera en que manejó las cartas para formar gobierno o dejar morir el parlamento de abril. El problema que más puede envilecer la vida pública está en la crisis catalana, que derribará todas las barreras del sentido común y hará naturales los peores contrabandos. Es difícil imaginar que en los cálculos ensimismados de Sánchez al buscar nuevas elecciones no tuviera en cuenta la sentencia inminente contra los independentistas y no haya elaborado una estrategia para sacar beneficio del tumulto. Ya está dando muestras de ello. Es muy de temer que se arrime a los tópicos patrioteros conservadores y que los gamberros ultras encuentren más espacio para sus infamias. Mientras, podríamos empezar aquí a reírnos del diablo cambiando el reglamento de la Junta para que a Lidia Fernández no le tiemblen las rodillas la próxima vez que Berta Piñán hable en asturiano sin más razón que porque le dé la real gana.

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Pedro Sánchez y los gamberros ultras (más allá de Berta Piñán)