El discurso Errejón


Cuando en el año 2015 Íñigo Errejón participó en Buenos Aires junto con Chomsky en una mesa redonda, vendiendo la frescura democrática de un nuevo movimiento asambleario que había tomado plazas en las principales capitales españolas, vendiendo desde la izquierda la transversalidad en la política, provocó un largo silencio del anciano politólogo estadounidense, a la vez que una simpatía indisimulada de Vattimo, también presente en la mesa redonda bonaerense.

El joven Errejón manejaba las tesis de su maestro intelectual, el teórico del post marxismo argentino Ernesto Laclau, autor junto con su compañera Chantal Mouffe del texto Hegemonía y estrategia socialista.

Y aquel joven es hoy un «hermano separado», un disidente del partido originario Unidas Podemos, que logró ilusionar a buena parte de los electores españoles. Aquel joven fundó un partido de emergencia sin programa electoral, sin cuadros y sin bases. Un tajo previsto, un navajazo sanchista a la formación de Pablo Iglesias. Más País es una improvisación táctica, una venganza por exclusiones sin explicar ni justificar, lideradas por un joven scout, un discípulo hasta el final de su adolescencia de Baden Powell que no acierta a encontrar la obra bien hecha.

El joven Errejón, hijo de la gauche divine ilustrada, mantiene ese aspecto aniñado de nieto predilecto de Manuela Carmena, una suerte de mezcla del Tom Sawyer de Mark Twain, con Bob Esponja y Calamardo.

Su discurso es el de un post comunismo que tiene algo de salón y su origen en las aulas universitarias, donde habita su pasado más reciente desde que en el 2006 fundó el pequeño partido anticapitalista e internacionalista Contrapoder, que no logró traspasar los límites de la facultad madrileña de Políticas. Por cierto, su tesis doctoral fue dirigida por Heriberto Cairo, un gallego de O Cebreiro.

Íñigo Errejón, nacido en 1983, pertenece a esa generación que creció entre cierto bienestar y un teórico no future; su primer libro de referencia ha sido Fray perico y su borrico, según declaró a la revista cultural Zenda, y de ahí pasó a los textos de Gramsci recopilados por Sacristán. Hijo de la burguesía progre su discurso es impreciso, lleno de consignas y obviedades, con un difuso «sí se puede» que fue desde Podemos la frase feliz de varias campañas electorales. No sé si ahora podrá con el país del más.

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