Cuidado, esto es insostenible


La máxima del desarrollo sostenible es aquella que dice que debemos ser capaces de satisfacer nuestras necesidades presentes sin comprometer la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras. Sin embargo, un análisis de nuestra sociedad actual podría arrojar una cuestión inversa, algo así como: ¿tendremos generaciones futuras si no somos capaces de satisfacer necesidades presentes?

El desarrollo sostenible de nuestra sociedad y del planeta en el que vivimos no es algo ajeno al día a día de las personas; no es algo relacionado exclusivamente con cumbres de la ONU ni pasacalles de líderes mundiales, mejor o peor avenidos con las políticas globales. El desarrollo sostenible tampoco tiene que ver solamente con la cuestión medioambiental, con que si un alcalde capitalino prefiere salvar la esencia de occidente o la selva amazónica o que una niña despierte, a través de las redes, la indignación dormida en nuestro marco occidental y en declive.

La sostenibilidad tiene su pilar medioambiental, pero ésta no puede separarse de las perspectivas económicas y sociales. Tampoco se puede eliminar la perspectiva de género en su análisis. Asimismo, en Asturias, nuestra sostenibilidad como sociedad en un territorio común está indiscutiblemente ligada al reto demográfico. 

No pueden olvidarse en las iniciativas públicas y privadas dirigidas al logro de un desarrollo sostenible las cuestiones sociales, teniendo en cuenta que para alcanzar esa meta no todas las personas partimos del mismo lugar ni llevamos las mismas cargas. Un 82% de los hogares donde una persona adulta se encarga en exclusiva de la atención de menores tiene al frente una mujer. Seguimos llamando monoparental a lo que es monomarental mayoritariamente, nos resistimos a ver la realidad tal y como es, condición sine qua non, para transformarla. El riesgo de pobreza infantil afecta a más de la mitad de hogares monomarentales. Una de cada dos Mujeres solas al frente de estas familias no trabaja y sus posibilidades de encontrar un trabajo se reducen a la mitad.

Los niños y niñas de esas familias no van viento en popa hacia una vida futura plena donde su único problema será no satisfacer sus necesidades en modo vandálico, van hacia la exclusión, irremediablemente si no se toman las medidas adecuadas. Un 21% no tiene acceso a las gafas que necesita y cuatro de cada diez no podrán poner la calefacción en invierno. Son datos del informe para Save the Children elaborado por Violeta Assiego que pone de manifiesto que el cuidado es una acción que se deposita fundamentalmente en las mujeres. Las mujeres solas son un claro ejemplo de ello y son ellas y sus descendientes quienes sufren de primera mano el desigual reparto del cuidado en nuestra sociedad. 

Maria Ángeles Durán, primera mujer Premio Nacional de Sociología el pasado año, estima en sus estudios que las familias, mayoritariamente nosotras, dedicamos al cuidado el equivalente a veintiocho millones de empleos en jornadas laborales completas. Este trabajo que se realiza en silencio, sin remuneración, ni valoración social es el que nos da sustento para poder desarrollar todas la actividades económicas que permiten la creación de riqueza, pero no se contabiliza. Es, sin duda, un buen nicho en el que se deben de explorar nuevas fórmulas que permitan la creación de puestos de trabajos dignos, que contribuyan a nuestras pensiones y al estado de bienestar y que garanticen un trabajo decente para todas aquellas personas que lo realizan. El 7 de octubre fue el Día Internacional del Trabajo Decente, ése que es indispensable para la sostenibilidad social en todos los campos. 

Tal y como se recoge en el Díptico Brecha Salarial 2019 editado por el Observatorio de Igualdad de Oportunidades del Instituto Asturiano de la Mujer, la Encuesta de Salud para Asturias del año 2017 señalaba que el porcentaje de asturianas que declaran ocuparse en solitario del cuidado de menores en el hogar es de 4’5 veces que los hombres, el 37’4% frente al 9%. Las mujeres dedican un 50% más de promedio a las tareas del hogar que los hombres; superan el 90% el porcentaje de mujeres que solicitan excedencia en sus trabajos por el cuidado de hijos/as u otros familiares. Entre los años 2007  y 2017, la EPA arrojaba un promedio anual de 2500 mujeres que abandonaron su empleo para hacerse cargo de menores, mayores o dependientes. Las cifras sobre hombres no son significativas. 

Son cifras que estremecen cuando se conocen. Son  datos con cara y ojos más allá de ideologías. Son, sin duda, las heroínas de nuestra sociedad, como Silvia Oñate,  viuda andaluza que se quedó para siempre sin pensión de viudedad, porque en el momento de la muerte ganaba un poco más que su pareja de hecho fallecida. Silvia está librando una importante batalla política y social a través de la creación de La Asociación de Viudas VIDA, podéis seguirla en redes sociales y apoyarlas, porque sus éxitos serán los de todas nosotras y porque su camino conseguirá acercarnos al desarrollo sostenible, ése con el que se ganan todos los retos, presentes y futuro.

El acceso de la mujer al trabajo remunerado fuera del hogar fue sin duda uno de los mayores avances del siglo XX, aunque todavía quedan amplias zonas del mundo fuera. La asunción de las responsabilidades del cuidado por los hombres en igualdad de condiciones y la asunción decidida y ambiciosa del cuidado por las instituciones y su valorización económica y social son dos cuestiones inaplazables porque sin ellas el desarrollo económico y la mejora demográfica serán una quimera.

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