Le ha llegado el momento de cruzar su particular Rubicón. Ya no hay marcha atrás, Leonor. A partir de estos días venideros en Asturias, la princesa dejará a su espalda la niñez para ingresar en el mundo de los adultos. Ya le pasó a su padre en 1981 en su primer discurso en el Campoamor o cuando con 15 años representó a España en Cartagena de Indias.  Es el gran momento de Leonor, parafraseando a Juan García Hortelano: el tiempo en el que se queman las naves y ya no se mira hacia atrás. Un poco como Hernán Cortés pero con una sonrisa preadolescente. Hasta ahora ha vivido alejada de la exposición pública, solo presente en algunos posados veraniegos, algún plato de lentejas estofadas o inicios de curso con la falda plisada; convenientemente protegida por sus padres, (sobreprotegida, según algunos monárquicos ultras): una vida de una niña normal, una vida republicanizada como corresponde a una monarquía del siglo XXI.

Porque a fuerza de irracional, la monarquía debe ser útil, debe sobresalir por su sentido de la neutralidad, del arbitraje, del servicio público. Debe conducirse sin tacha, sin taras éticas,  debe mostrar transparencia en las cuentas y austeridad. Debe exhibir una tendencia a la laicidad. Deben ser los reyes grandes embajadores de la marca España, sí, pero deben ser más que eso. Porque si todas estas condiciones no se cumplen, la irracionalidad no se sostiene en el tiempo y el castillo de naipes se desmorona.  El rey Felipe entendió ese mensaje (esa republicanización de la monarquía) desde el mismo momento en que su padre, Juan Carlos I, abdicó. Empezó a rendir cuentas, a restringir el  término de familia real, a alejarse de  compañías peligrosas y de pompas inútiles, a aferrarse ejemplarmente a la Constitución. Un rey tranquilo, sí, pero un rey que elige a una periodista divorciada como esposa es algo más que un rey tranquilo: toda una declaración de principios.

Y ese es el legado que va a ir aprendiendo Leonor, la niña que cruza el Rubicón en Asturias. En esencia: que el cargo de reina debe ser ganado a pulso a diario, sin descanso, sin dar nada por sentado; que debe vivir acorde a su tiempo y que las exigencias éticas serán siempre máximas. Tanto su generación como la de los bebés que nacen ahora (y otros más) vivirán paralelamente a ella en  una España renovada. Ellos juzgarán dentro de unas décadas y la examinarán a diario. Todo esto ya lo saben los reyes Felipe y Letizia y así seguramente se lo transmitirán a Leonor.  En estos días de nervios, porque el Campoamor impone, porque la gaita asturiana emociona, Leonor va a tener también tiempo para conocer Asiegu, que es el corazón de Asturias, la región que se despuebla pero que es una caja de las ágatas muy hermosa. Y en la majestuosidad de la montaña asturiana, entre paisanos, Leonor y sus padres y su hermana Sofía tendrán tiempo para admirar una forma de vida que corre el riesgo de desaparecer, el ADN de una región que no puede extinguirse.

La vinculación de Leonor con Asturias da así sus primeros pasos. La primera huella quedó reflejada en Picos el año pasado. Habrá muchas más. Descubrirá año a año que esta esquina de Europa de apenas un millón de habitantes es capaz de muchas cosas, más de lo que algunos piensan.

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El Rubicón asturiano de Leonor