El mundo, ciudad sin ley

OPINIÓN

15 oct 2019 . Actualizado a las 07:07 h.

Que me perdonen los abnegados cultivadores del llamado Derecho Internacional, pero, supongo que como consecuencia de ser historiador y no jurista, siempre lo consideré comparable al que existía en Dodge City antes de la llegada de Errol Flynn. En el mundo se desarrolla una larguísima película, comienza en la prehistoria, en la que la mejor esperanza es que Jeff Surrett no sea demasiado malvado y su actividad depredadora resulte soportable. En ella nunca aparece el sheriff honesto, en todo caso será un competidor el que frene al violento cacique.

El último Jeff Surrett, Donald Trump, ha decidido traicionar a los kurdos porque considera que apoyarlos le produce más gastos que beneficios, un bandido vecino, Erdogan, lo aprovecha para invadir Siria sin previa declaración de guerra ni mandato de la fantasmagórica ONU o de la llamada «comunidad internacional». Ese cruel eufemismo, inventado para que EEUU y sus satélites pudieran saquear impunemente Iraq, abandonado por su jefe, intimidado por el matón de Estambul, se limita a hacer de plañidera, cierto que en otras ocasiones, como en Yemen, el Tíbet o Hong Kong, ni siquiera abre la boca.

Que los kurdos se vean obligados a buscar el apoyo de criminales sin escrúpulos, como El Asad y Putin, refleja bien cómo está el mundo. Hubo una época en que existía una izquierda que practicaba la solidaridad internacional y en ocasiones lograba frenar la barbarie imperialista, también cosechaba fracasos, como con la invasión de Iraq, pero al menos mostraba que sobrevivían principios como el deseo de justicia y la solidaridad. Hoy eso ha desaparecido. Lo que queda de ella vive en el desconcierto ideológico, es el caso de los socialdemócratas, pero también de los restos de un movimiento comunista que no ha querido enterarse de que la Unión Soviética nunca volverá y sigue apoyando a la dictadura reaccionaria de Putin y a sus criminales secuaces, como el gobierno sirio. Realmente, solo los trotskistas practicaron un internacionalismo coherente después de la Segunda Guerra Mundial, que también combatía la barbarie estalinista, no solo la del imperio americano, aunque en 1968 los principales partidos comunistas occidentales, especialmente el italiano y el español, condenaron la invasión soviética de Checoslovaquia, como luego harían con la de Afganistán.