Cataluña, ¿y ahora qué?


Contra las barbaridades que han dicho los dirigentes independentistas, hay que dejar claro que no se ha condenado a Cataluña, ni al independentismo, ni al hecho de votar, ni la sentencia del Tribunal Supremo es una venganza. La portavoz de ERC, Marta Vilalta, resumió de manera apocalíptica esa sarta de falsedades y victimismo: «Ha muerto la democracia en el Estado español». No, lo que ha fracasado estrepitosamente es el procés, esa huida hacia adelante para imponer ilegalmente la independencia que tantos desastres ha ocasionado. En este país se puede ser independentista, se vota libremente de acuerdo a la legalidad desde hace más de 40 años, Cataluña goza de una amplia autonomía y la libertad de expresión forma parte del núcleo duro de nuestra democracia. Pero en un Estado de derecho nadie se puede saltar la ley. El Tribunal Supremo, tras un juicio garantista, se ha limitado a juzgar hechos y a encuadrarlos en los tipos penales de sedición, malversación y desobediencia, que ha considerado debidamente acreditados. ¿Y ahora qué? Se dice que es la hora de la política y del diálogo. Sería lo deseable. Pero hay que tener en cuenta que los que se apartaron de la política fueron precisamente los condenados. Volver a la política, por tanto, requiere regresar al Estado de derecho y el respeto a la ley. Solo en este escenario cabe el diálogo. Pero la realidad es que los secesionistas siguen en la contumacia, el desafío al Estado y la marginación de más de la mitad de los catalanes. Lo único que les vale es el derecho de autodeterminación, un concepto inaplicable a Cataluña según el derecho internacional. Para ellos negociación equivale a imposición. Y amenazan con volver a hacerlo, es decir, con delinquir de nuevo. ¿Qué se puede dialogar en estas condiciones?

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