Historia rural


Redacción

Una mujer alegre, artera, trabajadora y habladora.

Un hombre serio, ex alegre, ex trabajador, paciente y enfermo.

Mujer: Ayer recibió carta Dominica de esa hermana suya que está fuera...

Hombre: Ah!!

Mujer: Si hombre la que no vive aquí, pero no me acuerdo dónde vivía...

Hombre: Pues, no sé

Mujer: Creo que era un poco p´allá de Oviedo. Ahora mismo no me sale el nombre.

Hombre: ¿Grao?

Mujer: No, no

Hombre: ¿Morcín?

Mujer: No qué va, eso no me suena

Hombre: ¿Tineo? ¿Cangas de Narcea? Por la Costa: ¿Luarca, Navia?

Mujer: Pues no...

Hombre: Taramundi??

Mujer: ¡Qué va!

 .......................

Hombre: ¡Coño rapaza! ¡Va a ser Nueva York!!

Mujer: ¡¡¡Ahí, ahí!!!

(Mis abuelos, finales de los 70, principios de los ochenta)

¿Es lo mismo «hacer la Historia» que «hacer historia»? La Historia la hacemos todos y todas en nuestro día a día. Las creencias, la cultura, el sentir de cada momento lo es. El simple hecho de comprar una barra de pan o de si decidimos quedar en el pueblo o vivir en la ciudad tiene repercusiones globales. Decisiones individuales tomadas en el contexto colectivo que nos hacen parecernos más unos a otras de lo que queremos admitir. En nuestro día a día, hacemos la Historia. Ésa es más importante que aquello que se llama hacer historia, con minúscula y que no suele hacerse en los pueblos ni por las mujeres. Hombres ensalzados y mujeres escondidas. 

Había pensado escribir un artículo más completo y documentado que visibilizara a las mujeres rurales y su importancia para el sostenimiento de Asturias desde el punto de vista social, económico y cultural, pero luego pensé en mi güela y en todas las que son como ella. Quienes tenemos la suerte de ser rurales entendemos la vida, las relaciones y las conexiones de otra manera, eso que ahora se llama desarrollo sostenible.

Así que yo quiero que este artículo consiga hacer una radiografía que supere el concepto de «mujer rural» y se convierta en algo real, palpable que no hace historia de poca monta, construye Historia mayúscula, va por mi güela Esther y todas las que son como ella.

Nació un 5 de octubre de 1939 en Sierra, Nava. Era la cuarta hermana y todavía le quedaban otros seis  por venir, dos no vivirían. Su madre Pilar, otra mujer para el recuerdo, y su padre Gaspar, minero borrachín y juerguista que se pasaba el tiempo entre el pozu, la cantina y el monte. Fue niña, pero en el 43 ya trabajaba yendando vaques por un huevu cociu. Y desde allí hasta ahora no ha parado un solo día.

Pudo ir a la escuela y sabe leer y escribir, aunque tiene una hermana a la que olvidaron llevar al colegio, había otras prioridades, relacionadas con el comer y el vivir. Los domingos iba al baile, porque entre la miseria de los perdedores también hay lugar para la alegría. Se enamoró de un minero, Emilio, bueno, pero que no estuvo acompañado por la suerte. Un temprano accidente en la mina le dañó de por vida, y Esther se dedicó a cuidarle y atenderle; a ir todos los días a Oviedo a diálisis, a criar a sus tres hijos y a no perder el buen humor; ni su cabezonería hereditaria.

La  primera nieta se encontró con una abuela que no guardaba rencor. Su pasatiempo preferido era romper huevos en el suelo, que su güela le daba, sólo por escuchar su risa, sin pensar en su primer huevo cocido, su primer salario. ¡Qué no os falte lo que a mí me faltó!

Y entre vaques, pites, conejos y una burra llego a los 49 y se queda sola;  y a los 85 entierra un hijo. Pero la vida no se acaba. Sigue cocinando para todos y llenando tupers y confunde todas las telenovelas de la tele.  Le tocó un buen pellizquín en la lotería, reparte más que parte y sigue levantándose no más allá de las siete de la mañana porque «tiene mucho que hacer».

¡Qué razón tiene! Está construyendo la Historia.

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