Franco España, Franco Cataluña


Redacción

Ayer, 24 de octubre de 2019, será un día que habrá de ser recordado. Pero no tanto por el traslado del cadáver de Francisco Francos, que también, cuanto por la confluencia, llegadas del pasado, de dos fechas: una, el 18 de julio de 1936; la otra, el 6 de septiembre de 2017. A la primera la denominaremos “Franco España. A la segunda, “Franco Cataluña”.

Harto sabido es que el general Franco, junto a otros más principales, dio un golpe de Estado contra la Constitución de 1931. Hay quienes apelan a que la situación en el país era insostenible y que, por ello, los sables tenían que ser desenvainados. Entre estos “creyentes” tendremos que diferenciar dos grupos: el minoritario y el mayoritario. El minoritario estaría constituido por quienes de “buena fe”, ya fuese en el 36 y antes (por ejemplo el general José Sanjurjo), ya hoy, ya entre ambos tiempos, querían (quieren) solo el restablecimiento del orden público, pero no una dictadura militar, y menos aún de 39 años y con cientos de miles de muertos. El mayoritario, en cambio, sostenían (sostienen) que el totalitarismo es el mejor de los regímenes políticos, justificado con eslóganes de una vulgaridad y matonismo que no vemos necesario repetir.

Respecto a la otra fecha, la del 6 de septiembre de 2017 (y siguientes: 7 de septiembre, 1 de octubre, 27 de octubre, etcétera), le correspondería el apelativo “Franco Cataluña”, porque se perpetró otro golpe de Estado, esta vez contra la Constitución de 1978, desde una región, Cataluña, que durante la dictadura se volcó con Franco (padres, abuelos y bisabuelos de muchos de los golpistas actuales se adhirieron al Movimiento Nacional) y Franco con ellos (casi la mitad de los dineros destinados por el Régimen para reindustrializar España fueron para Cataluña). Se nos puede responder, y hasta con violencia verbal, la disparidad entre uno y otro alzamiento: el del 36 fue militar y extremadamente virulento y sádico, mientras que el del 17 fue civil, democrático (la “voluntad del pueblo”) y no violento.

En nuestra defensa de las similitudes entre ambas “sonadas” argumentaremos: Primero, las Constituciones del 31 y del 78 fueron vulneradas. Segundo, el quebrantamiento de una Carta Magna es ajeno a quiénes son los insurrectos y los medios empleados (supondremos que el lector usará un mínimo de su capacidad intelectiva para comprender que hablamos desde la perspectiva “formal”, esto es, de la Ley de Leyes democráticamente votada en referéndum, por lo que en este segundo apartado no cabe hablar del empleo de armas, bien de  guerra, bien verbales, porque de salirnos de la perspectiva “formal”, nos posicionaríamos por las armas verbales, sin ambages). 

Los dos últimos argumentos, el democrático y el no violento, son particularmente perversos, puesto que: Tercero, es una argucia sostener que la declaración de independencia de Cataluña del Estado español obtuvo la mayoría de votos en el Parlamento autonómico. Esta argucia, o más bien patraña tabernaria para aparentar que fue la “voluntad del pueblo” quien habló, es insostenible porque, antes de la votación, esa mayoría violó a sabiendas tres leyes y un dictamen los días 6 y 7 de septiembre de 2017: el Reglamento de la Cámara, el dictamen de los letrados de esa Cámara en contra de la secesión (y uno, al menos, es independentista), el Estatuto de Autonomía y la Constitución. En cuanto a los números, y como aclaración, puesto que la vulneración de la legalidad debería bastar, una mayoría simple no es jurídicamente suficiente para una declaración unilateral de este calado, y no menor es el hecho de que los diputados rebeldes eran conocedores de que más de 50% de los ciudadanos catalanes estaban en contra, aunque sin representantes que les defendieran por el desmedido peso que se otorga a circunscripciones de escaso poblamiento y de arraigado nacionalismo decimonónico. Cuarto y último punto, que alude a lo no violencia que reiteradamente vociferan los insurgentes para asimilarse a Gandhi o Luther King, y acerca del que daremos una pinceladas para desenmascararlos: Cataluña está secuestrada y vive bajo la bota del terror; así, los Mozos de Escuadra (el término “escuadra” fue el elegido por los fascista catalanes y el Gobierno republicano de Luis Companys, de ERC, el partido de Junqueras y Rufián, a comienzos de la década de 1930, tomándolo de las milicias paramilitares de Mussolini: las “squadre”) y las policías locales no intervienen en los numerosos y constantes sabotajes en las vías de comunicación (caso criminal: cortan un árbol y lo colocan en las vías de un tren de cercanías), centros de enseñanza y de trabajo obligados a cerrar por la fuerza bruta (la profesora de Derecho Civil de la Universidad de Barcelona, Chantal Moll, trató de hacer ver a cuatro encapuchados que no le permitían dar clase que estaban vulnerando sus derechos básicos , y uno de los encapuchados no consiguió agredirla porque algunos de los aproximadamente 60 de sus alumnos que la acompañaban al aula lo evitaron; el decano y el rector, que lo son por su afiliación al Régimen catalán, cerraron todas las facultades; pero la gravedad es más extrema todavía: en un aula de Infantil de una escuela, creo recordar que en Tarragona, dos profesores hacían recitar a sus alumnos de entre 3 y 5 años que el rey Felipe iba a fusilar a los catalanes), y, como colofón, la semana que comenzó el lunes 14 de este mes, unas tres mil personas intentaron asesinar a policías nacionales y mozos. Es aquí donde ya podemos hablar del inicio de un golpe paramilitar (ininterrumpido), no exactamente como la antesala del golpe militar de Franco de 1936, sino como la antesala de ETA, que no se halla en las antípodas del asesino Francisco Franco. Las armas del verbo ya no les bastan.

Por consiguiente, y para terminar, la convergencia entre las dos fechas que propusimos en el primer párrafo, Franco, como se ha visto ayer, sigue “vivo” para unos cuantos cientos miles de españoles. Es el que venimos llamando Franco España y que adscribiremos a la rama “fascista”. Pero, aunque prostituyan los significados de los significantes de los signos lingüísticos (no violencia es ahora violencia terrorista, democracia es ahora dictadura, y así un larguísimo etcétera de propaganda totalitaria), Franco sigue asimismo “vivo” en Cataluña; o sea, Franco Cataluña. No obstante, no podremos roturarlo como “fascista”, sino como “nazi”, que es peor, porque Franco España no clasificaba a los españoles en “razas”; para él, era la “raza” española en su conjunto la mejor frente a otras “razas”, como la comunista o la masónica, donde el concepto de raza apuntaba a las ideologías (excepto con los judíos). Franco Cataluña, por el contrario, es de un racismo íntegro, en el que el catalán es indiscutiblemente más perfecto que el español, tal y como lo afirmaron Jorge Pujol, Arturo Mas, Carlos Puigdemont y Joaquín Torra. Estos cuatro, y en torno a millón y medio de individuos más, son Franco, pero un Franco muy disfrazado. Y tan disfrazado que innumerables charnegos están afiliados al nacionalsocialismo (quien esto escribe tiene familiares en la onda de Franco Cataluña), sin darse cuenta, o tal vez girando el cuello para no mirar su ruindad en el espejo, que el charnego es despreciado por el catalán de 1.714 generaciones (un charnego de un pueblo de Gerona, golpeado por dos “pura sangre”, añadieron al consabido “hijo de puta”, un explícito “charnego de mierda”).

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