Sublimes síntomas de sordera


Rdacción

Que el neoentierro del dictador no nos distraiga del todo. El Valle de los Caídos quedó deshuesado y, una vez privado de su simbolismo infame, ya solo es un adefesio arquitectónico a la espera de algún cubo de basura apropiado. Pero abramos el gran angular para sentir el momento completo del país. Los muñecos de cuerda y las aspiradoras que se mueven y corrigen su trayectoria cuando chocan con alguna pared o algún obstáculo manifiestan ceguera. La intervención de las paredes y los obstáculos en la trayectoria de los muñecos no indica que se muevan en un espacio seguro protegido por paredes. Indica sobre todo que los dispositivos no ven. Cuando no hay más directriz en sus movimientos que los límites últimos de su espacio, la trayectoria solo puede ser errática. En nuestro momento actual solo oímos leyes, artículos de la Constitución, resoluciones de tribunales y enunciación engolada de principios de la democracia. Eso no significa que vivamos en un país con leyes y convicciones firmes que se hacen valer cada día. La Constitución, los tribunales y los grandes principios son límites. Y que sean los límites lo que llena nuestra actualidad no es señal de robustez, sino de ceguera. Que los políticos solo citen leyes o peroren fundamentos de la democracia no es señal de integridad, sino de sordera. Nuestro patio se llenó de muñecos chocando con paredes en trayectorias sin tino.

Tal es el legado que nos dejaron Sáenz de Santamaría y Rajoy en Cataluña. Hay mucha legislación sobre la familia. Contraten unos buenos abogados y traten de vivir la relación de pareja, de la pareja con los hijos y de los hijos entre sí sin más referencia que las leyes de la familia y los dictámenes de sus buenos abogados. Verán el dolor de cabeza y la sinrazón en que se convierte cada día la vuelta al hogar. No se trata de que las leyes sobren ni sean perversas. Ni se trata de desobedecer la ley. Se trata de que las leyes son los muros de la convivencia, pero no pueden ser la sustancia de la convivencia en sí. Si en la vida familiar no hay más decisiones que las que se expresen recitando una ley es que no hay vida familiar. Rajoy pretendió que no hubiera política en y sobre Cataluña para aparentar que lo que ocurría era el mero estado de derecho en funcionamiento. Todo lo metió en tribunales y en acciones policiales. Como es lógico, si grapamos todos los fallos judiciales sobre el asunto catalán, el libreto que obtenemos no forma un plan de actuación, ni una propuesta política, ni un marco, ni siquiera una secuencia coherente. No es solo la injerencia política que haya habido en los tribunales. Por limpios que hubieran sido, son tribunales y solo señalan los límites, y regirse por los límites es ceguera y sordera, trayectorias erráticas y desgobernadas.

Los argumentos independentistas empiezan y acaban en lo irrefutable: la democracia, el derecho a decidir, la soberanía del pueblo. Como la Constitución, ideas límite, paredes que solo inducen movimientos sin rumbo. Cuando solo se dicen cosas irrefutables no se está diciendo nada y cuando se propone, se exige o se hace sin decir nada como argumento, se es sectario. Empieza a ser chistosa la pose grave de Torrent escenificando siempre un momento límite en el que hay que tomar una decisión complicada ante la historia. Con la borrachera de palabras irrefutables danzando sin gobierno por sus frases, sueltan petardos reaccionarios como que la democracia o «el pueblo» están antes que la ley, que son la misma traca en la que chisporrotean pestiños como el «plebiscito de los siglos» de la monarquía. Este es el panorama: leyes, tribunales, policía y palabras irrefutables dichas por wannabes Luther King ante la historia. Las acciones se fundamentan solo en límites, la pura ceguera.

Si el Gobierno, primero del PP y ahora de Sánchez, actúa por el estado de derecho y los independentistas actúan por la democracia y el pueblo, las derechas solo lo hacen contra el terrorismo y por la unidad de España. Solo truenan límites obvios induciendo los movimientos que las paredes inducen en los juguetes de cuerda. La derecha necesita más agitación que la izquierda. La izquierda ahora es la que quiere conservar el sistema de protección social y la derecha quien quiere desmontar la sociedad que conocemos. La derecha es ahora la subversiva y está necesitada de distraer la atención sobre sus verdaderos propósitos. Por eso necesitan especialmente la emergencia y la agitación emocional. El terrorismo sale de sus bocas como un ectoplasma de ETA, meten el hueso de la organización desaparecida una y otra vez en el caldo de la actualidad buscando algún mínimo sabor que pueda dar para arrojarlo contra sus rivales y justificar sus enojosas alianzas. Echan de menos aquellos atentados. Buscan emociones bajas patrioteras con Cataluña y por eso avivan el fuego todo lo que pueden agitando medidas de excepción y payasadas como la del agónico Rivera prometiendo meter en la cárcel a no sé cuántos. ¿Será que se va a meter a juez o que no sabe que solo los jueces meten en la cárcel a gente?

Pedro Sánchez argumenta también con límites. Lo suyo es una versión light del «o yo o el caos»: o estas derechas montaraces revueltas o un pacto con esta izquierda que nos quitaría el sueño a todos, o yo. También vio negocio en Cataluña y supuso que la sentencia le vendría bien para eso de tener una mayoría clara. No tuvo altura moral para pilotar el momento de especial trascendencia de la exhumación de Franco y el fin de esa ignominia. Qué torpe fue su sobreactuación antifranquista cuando replicó a Pablo Iglesias, qué transparente su impostura al manifestar consternación como si los reparos de Iglesias fueran a la exhumación y no a meter hecho tan simbólico en los ruidos tomboleros de unas elecciones. Pero el argumentario siempre es de límites: el caos, la democracia, Franco. Podemos sale relativamente bien librado del fiasco de la negociación y del desembarco de Errejón, porque parece que perderá «solo» lo que ya había perdido antes del verano y no entró en barrena en plan Rivera. Sus propuestas no consiguen hacerse oír, pero parece haberse consolidado como referencia ideológica. Errejón deberá corregir el foco de su candidatura. Ya nadie recuerda la frustración y hastío de aquella negociación tan chusca. Sánchez no quiere presentarse como líder de una coalición de izquierdas y él mismo fuerza la impresión de que aquella negociación no le gustaba. Podemos tiene el campo abierto para que el recuerdo de aquel fracaso sea de coherencia irreductible. El regusto de aquel desastre se va corrigiendo sutilmente. Ese punto de claridad con pragmatismo para desatascar una situación encastillada con el que desembarcó Errejón se va diluyendo, porque se están olvidando aquellas sensaciones. Tendrá que desplegar estilo y maneras si quiere que el apoyo no se reduzca al que consiguió en el impulso inicial. De todas formas, en el ambiente actual Podemos y Errejón están siendo de momento actores secundarios.

Con tanta unidad nacional, terrorismo, caos, democracia contra Franco y tanto límite, no se ven planes sobre lo esencial: la desigualdad, la segregación creciente del sistema educativo, el negocio floreciente de la sanidad privada dando bocados a la sanidad de todos, la hucha de las pensiones vaciada. Se habla de Cataluña, el caos y el sentido de Estado, mientras avanzan en Madrid y Andalucía las medidas extremistas de sus gobiernos montunos y no se percibe la inversa en comunidades con mayoría progresista. La ultraderecha sigue en su labor de mimetizar discursos ajenos para asentarse en pequeñas dosis, siempre tóxicas. Ahí tuvimos a Monasterio deplorando la exhumación porque dañaba el legado de la transición. Qué gracia. A lo mejor su comentario era más profundo y quería decir que el trato era cambiarlo todo para que no cambiara nada y esto no era parte del trato. O el nietísimo diciendo ante la exhumación que esto era una dictadura. ¿Según él eso es bueno o malo? Dejemos de escuchar a quienes solo tienen leyes y principios. Por sublimes que parezcan, son síntomas de sordera y maniobras de distracción.

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