Un paseo por el espacio


Hace ya un par de años estaba leyendo un libro a mi hijo a la hora de acostarse. Era un libro muy guapo sobre cómo se vivía en la estación espacial internacional, donde se mostraba didácticamente la formación previa, la preparación y el entrenamiento de las personas que viven y trabajan en la Estación Espacial Internacional. Las ilustraciones eran divertidas, claras y muy adecuadas para el entendimiento de un peque de cinco años.

De repente, mi hijo me mira muy serio y convencido, con esa clarividencia y ausencia de dudas que solo puedes mantener en la niñez y me dice: «Mami, este libro está mal». Yo no entendía muy bien la razón, además  me parecía una obra interesante en tanto que el contenido era claramente educativo y tendente a despertar inquietudes científicas en los y las más pequeñas. Le pregunto por qué me dice eso y me contesta que no hay mujeres astronautas, que eso no existe, que solo son hombres los que van al espacio. ¿Cómo puede un niño tan pequeño tener aprendida esa «verdad»? ¿Cómo podemos, en palabras de la socióloga Mª Ángeles Durán” desaprender lo que no sabemos que sabemos?

Le miré seriamente y le dije que estaba equivocado. Qué claro que había mujeres astronautas, como también mujeres que participan en las misiones científico técnicas, porque la  carrera aeroespacial es una cuestión colectiva, no individualista. Su reacción fue de una total incredulidad. Sus concepciones aprendidas inconscientemente eran más fuertes que los argumentos provenientes del conocimiento y la realidad. Afortunadamente existe una herramienta cuasi sacrosanta para las nuevas generaciones, que tiene sus peligros, pero que en esta ocasión fue mano de santo, o de santa más bien. Hablo de San Google. Desenfundé la tablet, cargué el arma informativa y tecleé «Mujer Astronauta», nos fuimos  al apartado de imágenes y entonces se hizo la luz.

Sin embargo, no fue una luz clarificadora, sino cegadora. Una luz que ocasionó un pequeño enfado y una gran incomodidad. Los efectos del desaprendimiento. ¿Por qué los hombres sienten ese malestar cuándo se visibiliza lo que hacen las mujeres? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo acceder a espacios del conocimiento o de toma de decisiones en los que tradicionalmente han estado los hombres en solitario? Es dolorosa la privación del privilegio de estar.

El pasado 18 de octubre, por primera vez las astronautas de la NASA Christine Koch, ingeniera eléctrica y Jessica Mier, doctora en biología dieron un paseo por el espacio. Fue la primera vez que dos mujeres salían solas de la Estación Espacial Internacional y durante siete horas fueron las dos únicas mujeres del mundo en estar donde estaban. Protagonistas de una misión que hubo que abortar en marzo de este mismo año porque Anne MÇClain no pudo pasear porque  la NASA no tenía un traje de su medida, ya sabemos aquello de que el hombre es la medida de todas las cosas. Las mujeres en obra no tienen EPI´s a su medida, las mujeres en fábrica luchan por un baño para ellas, las cirujanas manejan utensilios de quirófanos que no coinciden con el tamaño de sus manos.

Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson también generaron incomodidad. Matemáticas, mujeres y negras cuyos cálculos para la NASA fueron imprescindibles para que Neil Armstrong, hace ya cincuenta años, pudiera decir aquello de que “ha sido un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad” y contribuyera con un mensaje infalible a la creación del binomio hombre/astronauta en nuestros iconos colectivos instantáneos. Uno de esos mensaje que nos inoculan ese conocimiento inconsciente que nos viene grabando que hay espacios vedados para nosotras.

No los hay. Ellas siempre han sido parte fundamental en la historia de la ciencia, en todos los momentos, aunque lo hayan hecho en circunstancias adversas, en la invisibilización, víctimas del apropiamiento intelectual y meritorio; sin embargo Christine y Jessica se han dado un paseo por el espacio porque ya sabemos que queremos la mitad del cielo, la mitad de la tierra y la mitad del poder.

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