Redacción

Estamos en campaña. De modo que al final de este artículo les revelaré a quién pienso votar el 10 de noviembre y les pediré probablemente que hagan lo mismo que yo. Pero, con ser importante, no es eso lo más urgente. O sí, pero indirectamente. Trataré de explicarme. Durante el último debate de investidura, el pasado mes de julio, un individuo con el que procuraría no coincidir a solas en un ascensor sostuvo en el Congreso de los Diputados que, a partir del 11 de marzo de 2004, se puso en marcha un proceso para destruir España en el que participan los separatistas catalanes, ETA, Maduro, Pedro Sánchez y, en última instancia, «las voceras del feminismo supremacista». Lo hizo sin que nadie le interrumpiera, ante las cámaras de televisión, y lo hizo porque a casi tres millones de votantes les pareció buena idea hacerle diputado.

Eso es lo doloroso, pero no tiene cura. Vivimos rodeados de personas que en su entorno más cercano pueden ser de trato agradable, compasivas, solidarias, amables y generosas, pero que ante ciertos estímulos muy concretos reaccionan como si les hubieran pinzado el nervio ciático. Oyen «Cataluña», por ejemplo, y saltan. Oyen «cambio climático» y se crispan. Oyen «feminismo» y su capacidad de juicio se pone en modo avión: se lanzan a balbucear como posesos una retahíla de topicazos que muy poca gente con un mínimo de formación repetiría si se la fuerza a dialogar serenamente, con la razón en una mano y una cerveza en la otra. No descarto que muchas de esas personas sean capaces de dialogar serena y razonablemente, pero votan como si solo hablara en ellas la cerveza.

Votan a personajes que creen que la democracia está obsoleta, que violar a una chiquilla entre varios adultos es una hazaña para presumir por WhatsApp y que Franco mató pocos rojos. Así estamos a la altura de 2019. Entre tanto, los barrios se llenan de casas de apuestas, las calles se llenan de riders sin contrato, los pueblos se vacían de gente y los polígonos industriales aspiran a que los cataloguen como especie protegida mientras las multinacionales se llevan sus equipos a países con salarios aún más bajos y el mar y el aire siguen acumulando mierda. Pero nada de eso entra en las agendas de los partidos porque están más preocupados riéndoles las gracias a unos hombres muy hombres que se sienten desprotegidos y perseguidos por las feministas. Es más barato eso, y más sencillo, que gobernar para la gente corriente que lo pasa mal a diario.

No es que sea un gran esfuerzo ir a votar, pero a muchos nos habría gustado que nuestro voto, el último, el de abril, sirviera para algo. Habría estado bien que de esas elecciones hubiera salido un gobierno que, aunque no fuera el mejor de los posibles, por lo menos tuviera la valentía de no encogerse de hombros ante los problemas verdaderamente graves del mundo real: la tarifa de la luz, la lista de espera para la revisión con el oncólogo, la factura del dentista, la atención domiciliaria por dependencia, todo eso que no sale en las noticias porque lo tapan las banderas, la testosterona y las mamarrachadas de Ortega Smith.

No fue así. Ni el PSOE ni Unidas Podemos tuvieron eso en cuenta. Tampoco tuvieron en cuenta a los casi tres millones de cabreados con todo. Incluso estoy convencido de que llegaron a creerse que habían exagerado el peligro de la extrema derecha y que en el fondo no era para tanto, que al final la gente vota bien. No se equivocaban, o se equivocaban poco: la gente vota bien, pero espera que esos votos se gestionen bien también, no que se tiren a la basura solamente porque las izquierdas no se llevan.

Si repites unas elecciones para torcerle el brazo a tu rival, te arriesgas a que la misma gente que te prestó su confianza se pregunte por qué debería ir otra vez a votar y, sobre todo, por qué debería votar lo mismo que votó. ¿Por qué esta vez van a hacer bien lo que hicieron mal hace unos meses, qué es lo que ha cambiado? ¿Qué nos garantiza que no vaya a ocurrir lo mismo y no estemos repitiendo elecciones hasta que todos los votantes progresistas, hastiados, se queden en casa y ganen los pijoflautas del brazo en alto y la camisa nueva, o sus aliados naturales?

No quiero convencerles de que he encontrado el partido perfecto porque no es así. Tampoco lo estaba buscando, si a eso vamos: entre las pocas certezas que puedo exhibir a estas alturas de mi vida está la de que un partido es una herramienta de usar y tirar, que sirve para impulsar políticas de gobierno, y no un club de fans al que haya que ser fiel y leal de por vida. Lo que sí he encontrado es una papeleta que me pueda representar el 10 de noviembre, porque si me quedo en casa, como pensaba hacer, tal vez dentro de dos meses estén los hombres muy hombres legislando memeces en el consejo de ministros, y si voto al PSOE o a Unidas Podemos es posible que dentro de dos meses estemos otra vez con la misma cantinela de que si una vicepresidencia y dos ministerios o las políticas activas de empleo y un vale para el spa.

La papeleta (había prometido decirlo) es la de Más País. La que lleva la cara de Íñigo Errejón. Yo habría optado por una figura geométrica o un diseño floral, pero es esa cara durante cinco minutos o la de Santiago Abascal, o uno por el estilo, durante cuatro años. No pienso arriesgarme.

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La cara en la papeleta