Ya no nos conformamos


Ya no nos conformamos. Y así debe de ser. Cada vez que no se respetan nuestros derechos, que no se cumplen los programas electorales, que se infringe la ley o se vulneran los principios democráticos, salimos a la calle y nos manifestamos. Y lo hacemos para que los políticos, los que nos gobiernan, nos escuchen y tomen nota, para que solucionen nuestros problemas porque para eso les hemos votado y para eso ocupan un puesto de responsabilidad. Hasta aquí la normalidad de un estado democrático y de derecho, pero, ¿qué sucede cuando se traspasan los límites y los ciudadanos dejan de manifestarse de manera pacífica para convertirse en violentos agresores? ¿Qué sucede cuando los que gobiernan violan las leyes, pisotean los derechos civiles y hacen oídos sordos a las demandas de los ciudadanos? Que el ruido no deja oír a la razón, la violencia se enquista y no se solucionan los problemas.

En Francia las protestas por la subida del precio de los carburantes se transformaron en batallas campales contra la policía. Las protestas en Hong Kong contra la desaparición de su peculiar statu quo casi lo han paralizado haciendo caer la economía en picado. En Argelia los ciudadanos reclamaron durante semanas la retirada del senil gobernante y la celebración de elecciones democráticas con otros candidatos. A principios de mes, en Ecuador, las manifestaciones contra la subida de los combustibles hicieron huir al Gobierno de la capital a Guayaquil. Los iraquíes también se echaron a las calles para protestar por la falta de infraestructuras básicas, de empleo y la corrupción gubernamental, siendo duramente reprimidos con cientos de muertos como resultado. En Chile, las quejas por el incremento del precio del billete de metro se saldaron con 13 muertos, poco antes de que en Bolivia se iniciaran las protestas por el pucherazo electoral de Evo Morales.

Miremos hacia donde miremos nos encontramos con violentas manifestaciones que tienen como denominador común la injusticia social. Y ya no podemos seguir así.

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