Dios nos libre de estos cristianos


Redacción

Con la temeraria estrategia de repetir elecciones del Secretario General del PSOE, que confiesa que siempre va a mirar a la izquierda aunque por su trayectoria ya sabemos desde cuan distante, se ha investido de relevancia parlamentaria a una organización nacionalcatólica que actuaba de forma encubierta dentro del Partido Popular.

Una organización que, con la palabra de Dios en la boca y las expectativas de dividendos en la mente, tiene en la religión católica una tapadera adornada con enormes banderas que le permite refocilarse en una orgía de pecados capitales —y del capital— con la bula connivente de la Iglesia.

A saber. Les desborda la ira cuando piden persecución y castigo a toda persona que contravenga su anhelo de dominación teocrática de la patria. Exudan soberbia cuando rehuyen dar explicaciones de sus fechorías. Rezuman avaricia cuando promueven la usura que supone la privatización de servicios públicos esenciales como la educación, la sanidad o las pensiones: tener que pedir un préstamo para que nuestros hijos estudien una carrera o para cualquier operación quirúrgica no solo no nos hace más libres sino que nos hace cautivos de por vida de un mercado laboral despiadado en el que rebelarse puede suponer la pérdida de un subempleo cada vez más frecuente.

Los servicios públicos son mecanismos de cohesión social, reductores de la desigualdad, porque colectivamente nos hacemos cargo de necesidades básicas de la ciudadanía, independientemente de su capacidad económica; nadie queda abandonado por no acceder a un empleo digno. Se trata de promover un acceso equitativo a los recursos y evitar el abuso por parte de quien financia el discurso sobre la maldad del Estado y sus normas para poder acaparar sin medida. Es difícil imaginar el nivel de lujuria y gula con la que celebran sus atracos los psicópatas financieros, ebrios de codicia negligente. El dinero es su Dios y el mercado su templo. Enviarían a la hoguera a los herejes que se rebelan ante esta lucha fratricida y envidian la superioridad moral de quienes trabajan por el bien común, sin exclusiones. Suspiran por que «¡muera la inteligencia!», condición para un vasallaje sumiso.

De hecho, es su pereza moral la que les lleva a abominar de negros, rojos, verdes, amarillos, moros, morados, gays, lesbianas, perroflautas, ateos y «cochófobos», entre otra chusma. Su concepto de «prójimo al que amar» es tan estrecho, que odian a la mayoría de la humanidad y necesitan construir vallas y muros para preservar su pureza y su botín, de espaldas al conocimiento y, en consecuencia, a la realidad. Repudiar a quien no comulga con tus dogmas, negar la cualidad de «hijo de Dios» a quien tiene un color de piel distinto, no es muy cristiano.

Si este partido político, que abjura de derechos humanos, de los acuerdos migratorios y climáticos de la ONU, de derechos y libertades esenciales consagrados por nuestra Constitución, ha llegado tan lejos es porque no pocos nuestros parientes, vecinos, compañeros de trabajo, con ayuda de los medios participados por aquellos acaparadores ilegítimos de recursos, se han encomendado a esta involución que nos conduce a una sociedad de castas creyendo, ingenuamente, que les mantendrán lejos los intocables parias. Han votado servidumbre en nombre de la libertad. Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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