Pírrica victoria de Sánchez, triunfo de Vox


Redacción

Quizá la más sorprendente de las reacciones de los líderes en la noche electoral del 10 de noviembre fue la de Pedro Sánchez, que, tras haber perdido 3 diputados, 800.000 votos y la mayoría absoluta en el senado, solo pronunció palabras de satisfacción por haber ganado tres elecciones en un año. Es fiel a la doctrina Calvo: la democracia consiste en votar aunque no se sepa para qué. España cumplirá casi un año de gobierno en funciones, unas elecciones inútiles han permitido un espectacular crecimiento de la extrema derecha nacionalista en la de habla castellana y fortalecido los nacionalismos propios en la que posee otros idiomas, el mejor camino para garantizar la convivencia, pero podemos estar contentos, el PSOE sigue ganando.

Pedro Sánchez solo podría haber convencido a la ciudadanía y a los propios votantes del PSOE de la inevitabilidad de estas elecciones si hubiese negociado de verdad y hasta el último momento la formación de gobierno. Su asombroso comportamiento durante el verano no dejó lugar a dudas, solo gracias al temor al anunciado ascenso de Vox el castigo no fue mayor. Sería de agradecer que despidiese a los señores Redondo, Tezanos y demás cortesanos que lo alucinaron con sus cantos de sirena, pero no es suficiente, debe convencerse de que 120 diputados no otorgan la mayoría.

También sufrió castigo Pablo Iglesias y, como Sánchez, no pareció el domingo haberse dado por enterado. Que la alternativa de izquierda baje más que la izquierda que ejerce el gobierno es preocupante, que Unidas Podemos tenga ahora la mitad de los diputados que consiguió Podemos en 2016, hace solo tres años, debería hacerle reflexionar. Ya no sirven las autocríticas impostadas, lo lógico sería reconocer el fracaso y un cambio de rumbo y de dirigentes.

No hay duda de que, además del conjunto de los españoles, la mayor víctima de esta infausta batalla electoral fue Ciudadanos. El partido naranja llevó al extremo algo que ya había mostrado Podemos: los nuevos partidos reprodujeron el caudillismo que había caracterizado a los tradicionales, incluso lo incrementaron porque se convirtieron en algo inseparable de la figura de sus fundadores, que depuraron sin piedad a los críticos. Rivera, vanidoso y engreído, cualidades que parecen inevitables en todos los nuevos dirigentes ¡cuándo llegarán mujeres a la dirección de los partidos!, se negó a aceptar las acertadas opiniones de los discrepantes y se convenció de que podía convertirse en el líder de la derecha y alcanzar la presidencia del gobierno. Abandonó el centro, se transformó en el perrito faldero de la derecha radical, pero el dóberman acabó devorando al caniche.

Debo reconocer que el éxito de Vox me ha sorprendido. No existía en España la misma tensión con los inmigrantes que en otros países europeos, su defensa del neoliberalismo económico debía haberlo alejado de las clases populares, aunque Bolsonaro ya había demostrado que no es necesariamente así, pero ¿nadie pudo decirles que esos señoritos envueltos en la bandera van a hacer con sus pensiones lo mismo que en Chile? Sin duda, la crisis catalana ha sido su mejor alimento y la cobardía de los partidos democráticos una buena guarnición. Pedro Sánchez le dio una oportunidad y la aprovechó, ahora va a condicionar la política española durante mucho tiempo. Lo peor es que lo que más desean los independentistas radicales catalanes es ver al neofranquismo en el gobierno de España y a Vox lo que más le satisface es su radicalismo. No hay muchos motivos para el optimismo.

El gobierno de la izquierda, apoyado por el PNV y algún pequeño partido regionalista, era fácil de constituir con el parlamento anterior, solo necesitaba la abstención de tres diputados independentistas, ahora exigirá un apoyo más directo de Esquerra Republicana. La coalición PSOE-Ciudadanos se ha convertido en imposible y la gran coalición PSOE-PP también, Pablo Casado no puede dejar la oposición en manos de Vox. El PP ha crecido, pero no puede estar ni tranquilo ni satisfecho. Tiene un as en su mano: permitir con su abstención un gobierno ultraminoritario del PSOE, al que tendría atado de pies y manos y que podría dejar que se fuese desgastando, en una mala coyuntura económica, hasta que le conviniese darle el golpe de gracia. Cuenta, además, con la ventaja de que parece ser lo que Sánchez desea. Si España fuese Italia, se podría pensar en un gobierno técnico, con amplio apoyo parlamentario, que aprobase los presupuestos, hiciese las reformas necesarias y convocase elecciones, en otro clima, en uno o dos años, pero España no es Italia.

Solo Vox ha ganado con estas elecciones y solo queda una esperanza, más bien la fe en un milagro, que los líderes de los demás partidos se comporten como los estadistas que hasta ahora no han demostrado ser.

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