Vista la rapidez con que Sánchez e Iglesias llegaron a un preacuerdo de gobernar en coalición, parece una broma de mal gusto todo lo que ambos hicieron entre los meses de mayo y septiembre. Entonces todo eran vetos y ahora se sella una alianza sin vetos. Entonces no se podía tener a Iglesias de vicepresidente por las enormes discrepancias sobre Cataluña, y ahora se acepta a Iglesias de vicepresidente sin mayores problemas de conciencia. Incluso se incluye a Cataluña en el acuerdo. Entonces la mera posibilidad de tener determinados ministros de Unidas Podemos no le dejaría dormir a Pedro Sánchez, y ahora van a compartir habitación. Entonces la vicepresidenta Calvo alegaba como disculpa para no aceptar la coalición que la suma de PSOE y Unidas Podemos no daba mayoría absoluta, y ahora, con 10 escaños menos, ese inconveniente desaparece como por ensalmo.

A lo ocurrido en las últimas horas habrá que empezar a llamarle «el misterio de la Moncloa». O «el milagro de la Moncloa». ¿Y en qué consiste ese milagro? En que Sánchez e Iglesias deciden aquello de pelillos a la mar y se pusieron a cantar a dúo: «Olvidemos el pasado / y lo que diga la gente. / La verdad es que te amo / y me amas para siempre». Y se dieron uno de los abrazos más coreados y fotografiados de la historia reciente. Me he fijado mucho en la foto y no he visto ningún cuchillo. Este no es un matrimonio de amor, por supuesto. Es de pura convivencia o de pura necesidad. Iglesias se echa en brazos de Sánchez porque es su oportunidad difícilmente repetible. Sánchez se echa en brazos de Iglesias porque quiere seguir siendo presidente. Manual de supervivencia.

No hay quien se crea eso de que hasta ahora no se habló del reparto de sillones después de la tabarra que dieron este verano con los ministerios floreros y los que tienen poder, pero seamos indulgentes. Tampoco es seguro que no haya que depender de los votos o la abstención de Bildu y Esquerra Republicana, pero, como le diría Pablo Casado a Albert Rivera, no embarremos el campo ni agüemos la luna de miel. La verdad es que, leído el decálogo del preacuerdo, no hay nada que oponer. Como el papel tiene cuenta de lo que le ponen, ahí está todo lo que alguien puede proponer desde el Gobierno. Ahí están las apelaciones a la justicia, las reformas progresistas, la convivencia y el diálogo en Cataluña, la creación de empleo, el trabajo digno, la vivienda como derecho, la muerte digna, la eutanasia, la repoblación de la España vaciada o el equilibrio presupuestario. Y lo que más me entusiasmó, el final del punto 9: «Garantizaremos la igualdad de todos los españoles». Aunque no sé si en el nivel de Amancio Ortega o en el del salario mínimo interprofesional.

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