Abrazo melancólico en una españa acatarrada


Redacción

Lo dijo El Roto. Quizá no fuera un abrazo eso que tenemos en la retina. Puede que en realidad Pedro y Pablo se estuvieran sujetando el uno al otro para no caer después de tanto cansancio y tanto extravío. En el país hay sorpresa algo desganada. La izquierda está vagamente aliviada y melancólicamente esperanzada, porque parece que por fin las izquierdas dejan de hozar en sus cochiqueras y se deciden a salir al exterior y mirar al país.

El PP está maltrecho y cansado también y les cayó por sorpresa el abrazo. Casado solo puede balbucear, a buenas horas, que en realidad él quería colaborar con el PSOE. La derecha política, social y económica tiene un gen franquista autoritario que los lleva a la guerra civil cada vez que la izquierda, así sea de boquilla, forma gobierno. Felipe González y Zapatero habían sido vendidos a Yuri Andropov, cómplices de ETA y azotes de las víctimas del terrorismo. Con Sánchez llega la ruptura de España y el comunismo.

El Círculo de Empresarios dice estar consternado. En 2000 querían que las mujeres pagaran más cotizaciones hasta la menopausia («durante la fertility», decía su portavoz intercambiando sonrisas con otros varones). También querían el modelo de Pinochet para las pensiones. Seguro que sí están consternados. Otras organizaciones patronales están gritando su pánico, todos en tropel. Incluso la prensa, y no solo la cavernaria, está mostrando que tiene dueños y que los dueños están consternados. Quizá el ecosistema político sea más fértil para su gen franquista. O quizá tanta rapidez no los dejó presionar y cogieron un berrinche.

El cursillo que le habían dado a Abascal era para las elecciones y todavía no tiene guion como oposición. Sus primeras intervenciones sobre el abrazo fueron de agorafóbico que se mueve patizambo en un espacio demasiado grande en el que no tiene orientación. Esas chorradas de comunistas bolivarianos no fueron las que los llevaron a los 52 diputados. Conviene no errar en los análisis sobre Vox. Para empezar, no se deben confundir las causas con las consecuencias. Vox no subió porque haya más fachas, o más machistas, o más racistas. Es equivocado creer que esas son las causas, pero también es equivocado no comprender que esas pueden ser las consecuencias: que el país se haga más intolerante y más sectario.

Lo que podríamos concentrar en la expresión «fascismo» no es el empuje de Vox, pero sí su intención. Vox entró como entra el catarro cuando cogemos frío. Son virus que nos merodean siempre y que entran cuando las defensas se paralizan. La política nacional se había degradado. Aparte del desacuerdo en sí, la izquierda mostró muy poca altura y actitud de servicio. El PP está anémico y C’s en coma. Ni izquierda ni derecha ni entendimiento ni perspectivas; la política nacional era como esas gotitas de agua esféricas que se van separando al secarse una superficie lisa. Mientras los demás culebreaban en sus pactos y decían una cosa y la contraria, Vox solo tenía que mantenerse constante y hablar claro, pero no tan claro que se les viera de cuerpo entero. Su representación no es índice de la aceptación sus ideas, pero parte de su discurso está calando.

Y finalmente no se debe propalar la mentira de que Vox está llegando a las clases humildes. A Vox lo votan los ricos. Pueden ser los barrios ricos de siempre o los nuevos ricos de invernaderos atendidos por inmigrantes. Pero donde hay muchos votos a Vox hay mucho dinero. Y esto es lo que más oculto quieren mantener: que su interés principal no es la caza ni los toros; son los ricos y quitar de sus impuestos los servicios sociales y las jubilaciones. Como puso Ignacio Escolar con números, los ricos dudan menos que los pobres a quién tienen que votar. Los más humildes siguen votando al PSOE, porque no se fían de partidos de ricos y porque temen experimentos, aprecian lo predecible. Podemos, IU o Más País son más de clases medias urbanas. Que nadie se engañe con la distribución de los apoyos.

La desaparición de C’s debería poner atención en la influencia del dinero en los medios y la opinión pública. Pensemos en un perfil rápido de ese hombre bueno centrista que tantos añoran. Lo imaginan hombre, no mujer. Este hombre no debe ser audaz, sino prudente, ni será imaginativo, sino con oficio. Debe ser fiable, gente de palabra, no cambiante. Ha de ser previsible y ortodoxo, no rebelde. Y también será tolerante, educado y tendente al entendimiento, quizás culto. Salvo en la condición de varón, Rivera nunca acreditó nada de lo demás.

Siempre fue un liante y se la armaba al PP a la primera ocasión. «Aprovechategui», lo llamaba Rajoy por su oportunismo. Siempre buscó en la crispación su crecimiento, cizañó en Cataluña y trató de que lo común (Constitución, nación) fuese argumento de exclusión. Nunca fue templado, siempre fue faltón y de modos malcriados. Nunca hizo nada por la regeneración, salvo nombrarla. No deja más legado que la extrema derecha en las instituciones. Y nunca mostró la menor altura intelectual. Fueron intereses y propaganda lo que mantuvieron contra la evidencia el papel moderador de Rivera y las presiones sobre Sánchez para que formara una coalición de sensatez con quien nunca la había acreditado. Poderosos debieron ser esos intereses para lograr tanto con tan poco.

Errejón fracasó, pero fracasó sin daño. Con él o sin él la cosa hubiera quedado parecida y no hay mucho que enredar en eso. Su desembarco recuerda la escena de la Reina Roja. Es la escena en que el paisaje en el que están Alicia y la Reina se mueve y hay que correr para seguir en el mismo sitio. A lo mejor yo estaba satisfecho con un ordenador de disquetes de 3,5 pulgadas y el Word 5.0. Pero todo el mundo siguió comprando ordenadores superiores y ya no hay dónde leer un disquete ni dónde imprimir con el Word 5.0. Hay que correr ordenador tras ordenador para seguir en el mismo sitio y poder imprimir.

Es dudoso el impacto de las costosas campañas en el voto. Pero si los demás hacen campaña y tú no, te quedas fuera. Tienes que correr con ellos para seguir en el mismo sitio. Y las campañas necesitan dinero. Juan María Bandrés tuvo en los ochenta la difícil posición de oponerse a ETA y denunciar torturas o abusos policiales. ETA ataca con fuerza al ejército buscando un golpe favorable. Y la historia mostró que había actividad criminal en el aparato de seguridad del Estado. No era fácil mantener aquel discurso con solo dos diputados. Y logró una cierta influencia moral y política. Con poco solo se puede conseguir poco, pero hay pocos de mucha calidad. Ya que dio el paso, Errejón debe intentar significar algo.

Es un paso trascendente que España vea una coalición de izquierdas gobernando. Es importante que esa sea una posibilidad y no lo será hasta que se vea. El PP, el que se concentraba en plan falangista en Colón contra Sánchez por la patria y contra los enemigos de España, ahora quiere negociar. Y el callado Feijoo habla y pide que paren, que se puede hablar. El tabú de que no pueda haber ministros a la izquierda del PSOE afectaba mucho a la actitud de la derecha. Es además importante porque detrás de tanta patria, bandera y toros, lo que realmente se gestiona es la igualdad de oportunidades, la enseñanza pública, la sanidad para todos, las pensiones justas y la justa responsabilidad de los ricos en todo esto.

La izquierda sonríe con melancolía, por qué iba a estar entusiasmada. Si hay algo que puede bloquear sin remedio la política española es pedir a los abrazados que se expliquen. No hay relato coherente para lo ocurrido. La oposición de Vox puede ser menos eficaz de lo que se cree y el PP tiene una estrategia difícil. Acercarse a Vox lo diluye y al PSOE también. Le pasó al PSOE de Rubalcaba, cuando tanto sentido de estado con el PP casi lo desguaza. El gobierno, sin entusiasmos, puede funcionar y asentarse; si no fuera por Cataluña. Ahí ya no hay tampoco discurso coherente posible. Nadie puede mejorar las cosas en Cataluña, pero varios pueden mejorar algún aspecto. No hay cordón sanitario posible. Cataluña puede engullir la política nacional. Y andamos mal de estadistas.

Comentarios

Abrazo melancólico en una españa acatarrada