Nunca me ha gustado la expresión lacra social para referirnos a la violencia de género. Las mujeres son objeto de violencia llevada a cabo por hombres, producto de una sociedad que se ha ido construyendo desde el comienzo en clave de desigualdad sustentada en la fuerza para mantenerla. Una veces la violencia es evidente, incontestable, pero la mayor parte de las veces esa violencia que sustenta nuestro status quo es sibilina, incrustada, simbólica, letal.

Es por ello porque considero la expresión lacra social poco apropiada. Este ya soniquete se construye desde la otredad, desde la ajenidad de no sentirnos inmersos en esa violencia. Las personas que la utilizan, periodistas, responsables de la política, de la educación o nuestros vecinos de portal inconscientemente no se sienten interpelados en las entrañas. Cuando se evoca entendemos que nuestra sociedad es limpia de raíz, inmaculada. Sentimos que nuestra base social es correcta, como si de una cuestión natural se tratara, como si en algún momento un demiurgo hubiera construido un paraíso en el que mujeres y hombres vivieran en armonía. Esa realidad se ensucia con una suerte de pecados originales, la violencia de género es uno de ellos.

Es así que la lacra desdibuja nuestra auténtica realidad, por eso hay que eliminarla.  Creo sinceramente que la violencia sobre las mujeres no es una lacra social, es la esencia de esta sociedad construida por los seres humanos y que cada vez es más necesario deconstruir. No se trata de limpieza, se trata de transformación, nuestra sociedad debe voltearse como una tortilla, darse la vuelta como un calcetín. Tenemos que cambiar las relaciones entre mujeres y hombres de raíz, y eso es lo que persigue el feminismo radical, porque radical significa transformación desde la raíz, todo lo demás serán parches que nos despistan de nuestro camino.

Este tiene que ser la lucha contra la violencia sobre las mujeres, sin más añadidos. Se ha avanzado mucho, teniendo en cuenta el corto periodo histórico en el que llevamos a cabo esta lucha. Un avance importante es que Naciones Unidas haya definido el Día 25 de Noviembre como el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, con esa denominación y persiguiendo este fin.

Sin embargo, no podemos relajarnos, ni difuminarnos. Hay otras muchas causas sociales pendientes, muchas formas de violencia que también podemos abordar, pero este día pone el acento en la eliminación de la que se ejerce sobre nosotras, de muchos modos, en cuestiones que solo nos pasan a nosotras. El miedo al volver a casa de noche, las barreras laborales, la compra venta de nuestros cuerpos para el disfrute de los hombres, las ablaciones, las dotes, los matrimonios forzados, los asesinatos en el ámbito de las parejas, la incredulidad en nuestros testimonios judiciales, la tutorización sobre nuestros intereses, las violaciones, los acosos, los piropos. Cosas que nos pasan mayoritariamente a nosotras, también a otras personas, ya sabemos aquello de que la excepción confirma la regla.

Y en esta sociedad desigual y violenta vamos avanzando siempre dentro del entorno que hay que derrocar. El entorno está lleno de personas cómplices y víctimas del sistema reacias a cambiar. Algunas lo son porque visualizan la pérdida de privilegios, otras lo son porque todavía no son capaces de ver la realidad tal cual es y el sistema las utiliza.

En el último año quienes impiden el cambio ya tienen voz en las instituciones. No son un nuevo fenómeno, no acaban de llegar. Siempre han estado, siempre han sido más. No son la excepción, muchas personas se identifican con ellos, les voten o no. ¿Acaso no conocemos gente que cuestiona la violencia de género? ¿No nos hemos encontrado infinidad de personas que conocen a alguien que denunció falsamente? ¿No nos han llamado histéricas por posicionarnos contra los piropos? ¿No nos llaman paranoicas por exigir nuestros derechos? ¿Y los peros? Iba provocando, qué hacía a esas horas por la calle,…. Son el pan nuestro de cada día, están por todos lados porque son todavía la sociedad, esa que no tiene una lacra. Sino que sería una lacra en sí misma.

Afortunadamente cada vez somos más en el otro lado. Mujeres y hombres (aunque de ellos todavía nos faltan muchos) y tenemos la obligación de no cesar en el intento. Tenemos que enfrentar la realidad de una manera realista y valiente. De frente. Hay que poner en marcha estrategias que se adelanten a quienes están envalentonados. No vale no confrontar, no vale hacer oídos sordos, no vale quejarse. Si no firman declaraciones institucionales hagamos otra  cosa. Construyamos argumentos, redes con un objetivo claro e indubitado, eliminar todo tipo de violencia sobre nosotras, las mujeres. Cuando acabemos con la violencia, la desigualdad de género se esfumará y cada persona será lo que quiera ser.

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Cambio de raíz