El extremismo visible y el invisible (y el límite de derroche)


Es notable exigir modales a otro mientras se le dan patadas y más aún convencerlo de que nadie le pega y de que no hay más agresividad que sus gritos. Los ricos ya lo hicieron. Convencieron a los trabajadores de que ya no hay trabajadores. Nadie cree ser uno de esos. Consiguieron convencer a los humildes de que si trabajas sin contrato y sin regulación es que eres un autónomo, casi una PYME. Y por supuesto convencieron a todo el mundo de que no existe la lucha de clases. Es una expresión del pasado. La realidad es que hay gente muy rica y gente pobre; y que los pobres quieren amparo y reparto y los muy ricos no quieren repartir ni pagar la protección de nadie. Así que, si lo de lucha de clases suena demasiado marxista, digamos que hay gente rica y gente pobre cuyos intereses chocan. Los ricos y sus enviados en la Tierra, la derecha política, quieren quitar los impuestos, que es la herramienta del reparto de riqueza y protección social, quieren quitar los sindicatos y las regulaciones laborales. Y a la vez convencen a trabajadores cada vez más pobres y más precarios de que no hay lucha de clases y que sus protestas son las únicas asperezas. Niega la lucha de clases quien lucha a brazo partido por los intereses de su clase social. Por eso se repite la cita de Buffett, el multimillonario que dijo que la lucha de clases la estaba haciendo su clase social y que la estaba ganando. La propaganda permite estos prodigios.

En este cuadro hay que pensar la actual polarización de España. Todo el mundo está radicalizado, en el sentido en el que la radicalidad desfigura al oponente. Todo el mundo siente enemigos cada vez más fieros. Es imposible pensar en serio en objetivos compartidos. El maniqueísmo es una obcecación, pero también lo es creer que siempre hay dos culpables. Los hechos son que son unos los que los que están en feroz lucha de clases dando patadas y exigiendo moderación a los pateados. El extremismo e intransigencia que nos tensan es el de la derecha política, social y económica. Simplemente ahora creen no tener rival y que por eso no tienen que ceder nada. Ya no hay una URSS poderosa, ni sindicatos que enfrentar, ni convenios que obliguen, ni leyes que protejan. Así que lo quieren todo y quieren propaganda que los haga invisibles y dar patadas negando que haya lucha.

Una parte de la propaganda es esa: reclamar moderación y llamar consenso a ceder a sus presiones montunas para sus pretensiones radicales. Nuestros empresarios llariegos piden al gobiernín menos gastos sociales y más inversión en obras; es decir, que se hagan más escuelas y se despida a los maestros. La CEOE y el Círculo de Empresarios piden moderación exigiendo que se forme gobierno con la derecha, que se quiten los impuestos y que se entreguen al lucro privado los servicios básicos. Piden templanza y entendimiento mientras azuzan la fuga de capitales y exigen terceras elecciones porque no aceptan estos resultados. Casado ofrece entendimiento en las cuestiones de estado. Sobre Cataluña, el consenso consiste en que Sánchez haga exactamente lo que el PP quiera y que acuerde de buen rollo cambiar la Constitución para que sean constitucionales sus bravatas incendiarias sobre la compleja situación catalana. Quiere también «actualizar el modelo de pensiones». Lo que pide es la moderación que reclaman la patronal y los bancos: que la gente no se jubile y se haga un plan privado de pensiones; es decir, que desaparezcan las pensiones públicas. Quiere pactar también moderación en los presupuestos generales quitando impuestos a los ricos, a las herencias millonarias y a las ganancias millonarias de las grandes empresas. Y también quiere altura de miras en la educación y entregársela a la Iglesia con fondos públicos. Es el extremismo furioso que estamos viendo en Madrid y Andalucía reclamado con llamadas al entendimiento y la moderación para que los mensajes en sentido contrario parezcan resistencias obcecadas al consenso.

Hay otra variante en la propaganda, que es la de presentar los ataques propios como actos defensivos a agresiones imaginarias; algo así como dar un puñetazo y pretender que el otro atacó con su rostro a nuestro puño desvalido. La Iglesia siempre se destacó en esta combinación de sectarismo y victimismo. El patrón es el que siguieron con la clase de Religión. Exigen estudiar esa asignatura y que se les respete el derecho de imponer tarea superflua a los demás mientras los católicos la cursan. Así convierten una imposición en la supuesta defensa de un derecho. Quizá quieran también que se cierren los bares los domingos a las doce para respetar el derecho de quienes van a misa a no perderse el vermú. Es el patrón que siguen para lo demás. Un socio del Real Madrid paga sus impuestos y a mayores el carné del equipo. No se le permite que la cuota del Madrid sea parte de su IRPF. La Iglesia sí tiene ese privilegio y además lo malversa: cobra ese momio por los pobres y luego no lo gasta en Cáritas sino en sus canales atrabiliarios y en sus politiqueos. Y dirá que quitarles el privilegio es atacar la libertad de conciencia. Lo mismo ocurrirá con el escándalo de su exención del IBI y con el saqueo de las inmatriculaciones. Poner cualquier límite al pastel de la educación que se les entrega con dinero público es, en su propaganda, dictadura y oscuridad. Qué gracia que griten libertad Cañizares, Reig Plá, el Opus y compañía.

Los ricos llaman ataque a la defensa de sus golpes y la gente lo asimila. Pero hay un extremismo que no quiere ser invisible. Vox quiere proteger los mismos intereses, pero ensuciando la vida pública. Introduce en las instituciones un machismo explícito y violento. Negar que haya una violencia específica de género es como negar que haya una violencia racial en otros lugares y en los dos casos la negación es el formato de la aceptación de los crímenes. Alicia Rubio ya había dicho que el número de muertas están en la tasa de inevitabilidad, expresión pseudotécnica que quiere decir que son cosas que pasan. E introducen un racismo sangrante. A la vez que quitan impuestos a los ricos y desabastecen los servicios públicos dicen que la culpa es de gente pobre de otra raza que sí paga sus impuestos. Atacan a la infancia desvalida y pretenden que esas mujeres muertas y tantas otras aterrorizadas lo son por niños pobres de otras razas. Están en la lucha de clases, pero desde un clasismo de otros tiempos. Persiguen a los extranjeros pobres y defienden los intereses de las multinacionales extranjeras ricas depredadoras fiscales. Atacan toda forma de protección social a los españoles pobres y protegen a las grandes fortunas. No son españoles contra extranjeros. Son ricos contra pobres en formato decimonónico. El extremismo explícito vicia el ambiente porque siempre hay alguna debilidad emocional que les hace parecer tener razón «en parte» y de ahí siempre se pasa a tener toda la razón.

Hay polarización y estamos tensos. La derecha se crispa cada vez que no gobierna. Patronal, Iglesia y PP están radicalizados. Vox está inyectando brutalidad en esa tensión. Casado creyó que Vox era una manzana caída que podría reintegrar a la cesta. Pero me recuerda a una escena de dibujos animados, en la que un señor atemorizado en la sala de espera del dentista imagina al dentista tirando de su muela y extrayéndole con ella el esqueleto completo. El juego de Casado puede hacer que el tirón de Vox se lleve el esqueleto entero del PP. Se dice que nadie es imprescindible, pero en el momento de bajar una mesa por una escalera y mientras esté en vilo la mesa los dos que la sujetan son imprescindibles. Estos meses atrás Sánchez e Iglesias fueron imprescindibles y dejaron caer la mesa. Casado se suma ahora a los imprescindibles. El país no tendrá un pulso normal mientras Sánchez sea el límite de la civilización y él es el que puede modificar eso. El límite de Roche es la distancia a la que un planeta puede acercarse a un cuerpo de gravedad superior sin que sus mareas internas lo rompan. Hay un límite en la tensión que pueden soportar los cuerpos celestes y los cuerpos sociales. No solo es Cataluña lo que puede romper España.

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