Ese libro viejo y ajado

Ernesto Sánchez Pombo
ernesto s. pombo EL REINO DE LA LLUVIA

OPINIÓN

Resulta enternecedor ver la pasión con la que sus señorías defendieron la Constitución cuatro décadas después de su aprobación. Y es de agradecer el empeño si fuera acompañado el resto del año por actuaciones que ratificasen esa vocación de mantenerla viva. Pero viendo lo que vemos, estamos obligados a entender que lo de este viernes fue un acto más de la farándula a la que nos tienen acostumbrados. Los ausentes, al menos, fueron consecuentes. 

Ha sido tal el acoso y las embestidas que sus señorías propinaron al texto constitucional que lo que nos queda es un libro viejo y ajado. Viejo porque así se pone de manifiesto cada día cuando comprobamos que es incapaz de dar respuesta a nuestras necesidades. Y manoseado porque han sido tantas las acometidas que recibió que ya soporta mal cualquier otro envite.

Lo que nos queda de Constitución es un texto añejo y manoseado, producto de años y años de maltrato. De no respetarlo, de llevar de la mano a las instituciones a quienes pretenden quemarlo; de pactar con quienes lo odian; en fin, de realizar el doble juego de soy constitucionalista a muerte mientras abro las puertas para que entren quienes vienen con la antorcha en la mano para quemarla.

Y de tanto golpearla llegamos a una situación cuando menos preocupante. Un tercio del Parlamento, 126 diputados de nueve formaciones, la cuestionan o buscan abolirla. Y de los 24.365.851 votantes del 10N, 9.296.000 pretenden lo mismo. Es el resultado de años y años de desprecio de sus señorías y de negarse a actualizar un texto que ha quedado obsoleto porque nunca es el momento ideal. Austria hizo a la suya más de cien revisiones. Alemania la modificó en 60 ocasiones; Francia en 24; EE.UU. en 27 y Portugal en siete. Nosotros, para introducir la estabilidad presupuestaria.

Eso sí. Ni juegan a decir lo que no sienten, ni se abrazan a quienes cocean la democracia. Un ejemplo, Merkel no está dispuesta a que los discursos ultras entren en el Bundestag porque «si lo hacen, nuestra sociedad dejará de ser libre», dijo. Aquí, los apoyan, los llevan a los gobiernos y a los órganos de decisión y hasta suscriben sus delirios ultras.

Y, al tiempo, defienden con entusiasmo la Constitución pese a que ya sea un libro viejo y ajado. Pero es que la coherencia y el sentido común los dejaron en la cuna.