Greta Thunberg y el estado


Redacción

La manera más rápida en que un niño aprende que el plátano se come es ver a sus padres comiéndolo. Por eso los padres a veces se llevan el plátano a la boca de mentira y fingen morderlo ante el pequeño. Ni son impostores ni hacen circo. Simplemente convirtieron el gesto de morder en un símbolo para que el niño ampliara el mundo más allá de su experiencia y supiera que los plátanos se comen. El gesto fingido de morder es más simple que el acto real de morder, porque cuando algo se convierte en símbolo deja de ser lo que era antes y se hace más simple. O más recargado: el arzobispo Cañizares simboliza su jerarquía usando una interminable capa roja de cinco metros. Los países tienen banderas y Nike tiene un garabato característico porque los símbolos son como clavijas sencillas donde se pueden sujetar y hacer manejables experiencias extensas, vividas o no, que requerirían mucho tiempo de pensamiento para poder ser abarcadas. Un país entero queda atrapado en unos pocos colores de un trapo y se hace presente en el ánimo en un solo golpe (para bien o para mal). Cuando algo es demasiado complejo lo simplificamos en un símbolo para que en un solo impulso mueva el ánimo y la conducta.

A veces episodios colectivos trascendentes y complejos se adhieren en el recuerdo a una persona. Sucedió muchas veces que una persona se hiciera símbolo. Puede ser el efecto de algún gesto llamativo, inspirador o cruel o puede ser la casualidad. Greta Thunberg es ya un símbolo, en el sentido de que su persona y su presencia impone en el ánimo y la conducta de mucha gente una red compleja de pensamientos y actitudes. Por las razones que sean, es un símbolo y las reacciones destempladas sobre la supuesta impostura de su despliegue en los medios, sobre su edad o sobre su carácter son pataletas histéricas que fingen no entender algo normal. Es una obviedad que el mordisco fingido al plátano no es como el mordisco de verdad. Lo que se hace simbólico, decíamos, desnaturaliza lo que era antes. Nuestra Jefatura del Estado es simbólica, porque un sistema hereditario solo cabe en una democracia si el Jefe del Estado es como un mordisco de mentira a un plátano. La infanta Leonor tiene atribuido un papel simbólico. Quienes querríamos un sistema republicano tenemos nuestras razones, pero no fingimos ignorar el carácter simbólico de la heredera. Es evidente que su presencia pública está gobernada por protocolos y que no tiene nada que ver con las maneras de una niña. Su figura pública es como un garabato de Nike, una parte de la simbología del Estado. Greta, a su sabor o a su pesar, es un símbolo y su presencia pública, como es normal, ya no es la de una niña. Rasgarse las vestiduras por las siete diferencias entre su imagen pública y la de una niña de verdad es el juego de la necedad. Se puede discutir sobre aquello que simboliza Greta y la manera en que lo simboliza, pero no sobreactuar disparates sobre lo que va con su condición de símbolo.

Los símbolos se pueden discutir, claro. Y lo simbolizado también. A mí, por ejemplo, me parece que la imagen simbólica de la familia real es ñoña y almibarada y no me gustó el rol de la reina Sofía. Me parece que la bandera nacional se exhibe de manera agresiva contra una parte nutrida de españoles. Creo que una bandera de 54 metros en la Escandalera es una soberana horterada y una bravuconada fatua de un alcalde que cree jugar a indios y vaqueros con aquellos muñecos de plástico que había en las cajas de detergente Persil.

Vayamos a Greta. Lo que simboliza Greta Thunberg molesta a ricos y derechas. Lo que su presencia evoca es que la alteración medioambiental ya no es cosa de naturistas sensibles o listillos, sino que nos afecta ya, nos cuesta en dinero y salud ya y se acelera; evoca también que esa alteración es provocada por lo mismo que las injusticias sociales: el lucro desmedido de unos pocos y su afán de mangonear prensa, justicia y política; evoca que no se puede actuar sobre ese problema sin modificar el actual juego social; y evoca que la distribución de los dañados por el cambio climático y la distribución de los culpables es un aspecto de la desigualdad y la injusticia general. Por supuesto que lo que simboliza molesta a los ricos, a las derechas y a sus voceros mediáticos. Es la refutación de sus valores y propósitos.

Decía que una cosa es lo que simboliza Greta y otra su manera de simbolizarlo. Sobre la injusticia se puede hablar con principios firmes. Sobre la forma, hay gustos para todo. Lo que a mí me parece cursi de la familia real a otros les puede parecer elegancia y buen gusto. Es difícil que te perturbe lo que simboliza un símbolo y no te crispe la manera de simbolizarlo. Nos pasa a muchos con la cruz gamada. Y les pasa a nuestras atrincheradas derechas con Greta. Ahí tenemos a Sanz Montes tronando contra Greta, incapaz de conmemorar la tradición de Santa Eulalia sin que se le caigan como rebosando sus demonios ideológicos. Y ahí está la catarata de insultos con la que se vinieron ahorrando los razonamientos. Lo que veo en Greta es una adolescente singularmente resuelta en una batalla justa, con coherencia y datos bien asimilados y con una comunicación eficaz basada en imágenes contundentes y apropiadas. No parece risueña pero, sin misticismos, resulta por momentos inspiradora. En contra de algunos escozores, tiene toda la pinta de ir a la escuela con aprovechamiento. En asunto de estudios, me preocuparía más por Froilán. Y puestos a elegir formas y modelos, prefiero a una adolescente chillando contra injusticias que a un jovencito en manifestaciones de Vox haciendo el pijo.

Volviendo a la cuestión simbolizada, estamos ante un ejemplo de algo más amplio. La gestión del cambio climático no encaja en los tiempos políticos de los estados. La atención de los votantes siempre es hacia asuntos más inmediatos y abarcables y con ciclos de gestión más cortos. Siempre tiene que haber un equilibrio entre el control popular de los gobernantes y un margen de autonomía de estos gobernantes con respecto a las pulsiones puntuales populares. Los gestores necesitan un tiempo antes de someter a escrutinio su gestión. Pero ese tiempo es insuficiente para el clima. Y un estado tiene poco margen para hacer algo relevante. Es necesario articular estados en estructuras políticas mayores, con más capacidad de enfrentar gestiones globales y extensas en el tiempo. Y hay que reparar a la vez en que el mero debilitamiento de los estados pretendido por el neoliberalismo, esa especie de intemperie planetaria a la que aspiran, deja como verdaderos centros de poder a las grandes multinacionales, cuya incidencia en los temas comunes es especialmente miope y despiadada, como vemos precisamente en la cuestión climática.

El ultranacionalismo de la extrema derecha haría de la política internacional un conjunto de ciegos ensimismados con tendencia al conflicto. La disolución de los estados soñada por el neoliberalismo de las grandes corporaciones y las oligarquías haría (está haciendo) que las decisiones de más incidencia global las marcara el lucro e intereses de unos pocos. Necesitamos estados para que haya reglas y necesitamos estructuras supraestatales, siempre políticas, para gestionar y para luchar por lo que no puede ser resuelto en el espacio y tiempos políticos de los estados. El cambio climático es un caso paradigmático. Un sistema fiscal justo es otro ejemplo de lo que nos afecta mucho y no puede ser resuelto más que en estructuras políticas supraestatales. No tengo la menor idea de si me caería bien o mal Greta Thunberg. Tomo los insultos atormentados contra ella como señal de que es algo más real que un capricho mediático. El activismo que ella simboliza es justo y da muchas pistas sobre los canales y escenarios en que tienen que moverse otros propósitos de justicia social. Y espero que siga yendo al mismo colegio.

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