La última frontera

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

15 dic 2019 . Actualizado a las 10:50 h.

El misterio de la semana se llama John Travolta. El aspecto que lució ayer en un revival estilístico de Grease junto a Olivia Newton John sugiere que el rejuvenecimiento digital que perpetra Robert de Niro en El irlandés tiene que existir a estas alturas más allá de la sala de posproducción. Y la clave, queridas, reside justo en la parte más septentrional de la anatomía de Travolta, en concreto en la pelambrera y más específicamente en su concentración.

Poca broma con esto. Porque la peripecia capilar de John es una metáfora de género como la copa de un pino, una fábula capitular de la particular relación que la masculinidad ha establecido con los pelos y sus ausencias, con un epílogo feliz que muchas veces transcurre en Turquía. Veamos. Arrancó Travolta en los setenta con el untuoso pelo abrillantado de Fiebre del sábado noche, aquel penacho zaíno tan de ave macho que requería de instrumental propio y atención constante. El peine y un apabullante esculpido capilar eran el ascensor social de Tony Manero.

La apuesta subió en Grease, atrapando a Travolta en el mito de Sansón que lo obligó a peregrinar por las décadas con misteriosas soluciones pilíferas, incluidos los frustrantes bisoñés, una penitencia que hace un año culminó por fin en una calva grandiosa de la que Travolta nunca tendría que haber salido.