El «impeachment»


Aunque el término grogui proviene de las cogorzas que se agarraban los marineros británicos en los barcos de la Royal Navy en los siglos XVII y XVIII, que los dejaban atontados e inútiles para trabajar -recomiendo una visita al Museo Naval de Ferrol, donde está muy bien explicado-, también se asimila al golpe recibido por el boxeador que, sin estar fuera de combate, se trastabilla aturdido por el cuadrilátero. Pues bien, así de grogui se ha quedado Donald Trump después del impeachment aprobado por la Cámara de Representantes.

Pero, ojo, Trump ha perdido una batalla con los demócratas, pero no la guerra. Es cierto que pasará a los libros de texto y a los anales de la historia como el tercer presidente de los Estados Unidos al que la Cámara de Representantes le hace un impeachment (proceso de destitución) y ahí está su penitencia, que no es poca. Pero al igual que le ocurrió a Andrew Johnson (1868) y a Bill Clinton (1997), lo más probable es que se le rehabilite en el Senado, el próximo mes de enero, dado que en esta cámara tienen mayoría los republicanos.

En cualquier caso, pese a sus defectos, el sistema político norteamericano suele tomarse como ejemplo en lo que se refiere a la limitación de poderes y el control de los gobernantes. Es lo que los politólogos denominan check and balance, que podríamos traducir como «control y equilibrio» o «peso y contrapeso». El impeachment es uno de estos controles, quizá el más severo. La Cámara de Representantes investiga los hechos y formula los cargos de acusación ante el Senado. Y si este considera probado alguno de ellos por mayoría de dos tercios, destituye al acusado, sin perjuicio de las penas que puedan imponerle luego los tribunales ordinarios. El impeachment se aplica con relativa frecuencia a cualquier funcionario público, especialmente a los altos cargos y autoridades. Pero no contra el presidente. Richard Nixon lo evitó al presentar la dimisión (1974).

Pero Trump no va a dimitir. Ni mucho menos. Le va la marcha del enfrentamiento a cara de perro, como lo demostró en el contenido de la epístola de seis folios que le mandó en la víspera de la votación a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. La respuesta de la casi octogenaria congresista fue: «No nos dio otra opción. Si no actuamos, abandonaríamos nuestro deber». El caso de Ucrania decantó la posición de Pelosi sobre el impeachment. Trump está que trina y, de salir rehabilitado por el Senado, la venganza contra los demócratas está sobre la mesa de cara a las elecciones presidenciales del 2020. En las filas republicanas consideran que si el impeachment no lo mata, saldrá más reforzado. Ya lo dice el refranero: o que non mata engorda. Pero a Trump le pega mejor «de lo que se come se cría», atribuido a los tiempos del rey Fernando el católico, al que le encantaban las criadillas de toro porque creía que le daban más fortaleza y virilidad. Cal é o herbado, tal é o gando, decimos en gallego.

Por Luis Grandal Periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

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