Hacia unos años veinte del siglo XXI cargados de incertidumbre


Redacción

Los del siglo XX pasaron a la historia como «felices», aunque comenzaron de forma poco halagüeña en un mundo que acababa de salir de la Primera Guerra Mundial sin conseguir la paz. La recién nacida Rusia soviética, vista como amenaza por ricos y conservadores y como esperanza por buena parte de las clases populares en todos los continentes, estaba en 1920 en guerra con Polonia y no había salido de la guerra civil; la Europa central, incluida Alemania, tenía muy reciente la oleada revolucionaria que había estallado tras la derrota; griegos y turcos se enfrentaban en un brutal conflicto bélico que implicaba a otras potencias y a pueblos que querían su independencia, como armenios y kurdos. Llegó después la recuperación económica, pero acompañada del ascenso del fascismo en Italia y la proliferación de dictaduras y regímenes autoritarios, como en España y Portugal, que se incrementaría tras la crisis económica que cerró el breve paréntesis de prosperidad. Poco duró, y no a todos llegó, la felicidad.

Si nos remontamos otro siglo atrás, los años veinte del siglo XIX se iniciaron con un soplo de aire fresco que le llegó a la reaccionaria Europa de la Restauración desde España. El 1 de enero se conmemora el segundo centenario del pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan por el restablecimiento de la Constitución de 1812 y la paz con los rebeldes de las colonias americanas. Un asturiano, Riego, que era entonces comandante del segundo batallón de Asturias y estaba rodeado de oficiales y soldados asturianos. El principado fue la tercera provincia, como se decía entonces, que se levantó, el 29 de febrero, siguiendo la estela de su compatriota; antes, el 21, lo había hecho Galicia. Si recuerdo al nuevo Don Pelayo que se alzó en 1820 por la libertad de España, como entonces se lo llamó, ¡cómo cambian de sentido los mitos con el tiempo!, no es por chovinismo asturiano sino para hacer notar un olvido que no puede considerarse irrelevante.

España se puso en 1820 a la vanguardia de Europa, ningún otro país tenía un parlamento en el que eclesiásticos y aristócratas no tuviesen asiento por el simple hecho de serlo, solo podían obtenerlo presentándose a las elecciones como cualquier otro ciudadano, y que fuese elegido por sufragio universal masculino, incluso la mayoría era gobernada por monarcas absolutos. El ejemplo español provocó revoluciones en Italia y Portugal y hasta animó a los griegos que luchaban contra los turcos por su libertad. La Constitución de 1812 se tradujo a numerosos idiomas y se convirtió en un bestseller en Francia y en otros países, Riego cruzó también fronteras como mito de los luchadores por la libertad. Sin embargo, parece que solo los historiadores y algunas instituciones locales o autonómicas van a conmemorar el bicentenario, incluidas, afortunadamente, las asturianas. Quizá Riego recupere la calle que le quitó el franquismo en Cádiz y, 44 años después de la muerte del dictador, todavía no le ha sido devuelta, hasta puede que León se acuerde de Félix Álvarez Acevedo, primer mártir de la libertad del Trienio y protagonista del levantamiento gallego con Carlos Espinosa de los Monteros, militar masón y liberal, ¡cómo cambian los destinatarios de los apellidos! En Portugal, que fue en 1820 a rebufo de España, conmemora el acontecimiento la Asamblea de la República, su parlamento, aquí parece que solo hay memoria de tiranos y guerras civiles.

¿Y los años veinte del siglo XXI? No hay muchas razones para ser optimista. Cierto que llegan a Europa tras 75 años de paz, aunque haya habido trágicos conflictos regionales, y no de guerras continentales como la de 1914-1918 o las del periodo de 1792-1815, pero el repunte de los nacionalismos, el crecimiento de nuevos autoritarismos y la debilidad de los defensores de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, que alumbraron lo mejor de los dos últimos siglos, provocan desazón. La creciente fuerza de potencias autoritarias y con incluso menos escrúpulos de los habituales en su política internacional, como Rusia y China, y la deriva reaccionaria y nacionalista de EEUU tampoco auguran nada bueno. Algo mejorarían las cosas si los demócratas norteamericanos consiguiesen convertir en electoral la victoria que obtuvieron en votos en 2016. EEUU tiene tanta influencia en el mundo que no creo que resulte excesivo atribuirle a Trump un papel importante en la difusión de la moda de los reaccionarios sin complejos y una política exterior y comercial razonable contribuiría a que cambiasen las perspectivas, incluso para la economía.

En España sigue bien arraigada la tendencia a la exageración, que dificulta mucho afrontar los problemas con sensatez. Sería buena señal que se constituyese el nuevo gobierno, probaría que realmente Esquerra se inclina hacia el pragmatismo y se abriría el camino para encontrar una salida razonable a la crisis de Cataluña. No tendrá fácil gobernar, incluso aunque el PP y Ciudadanos se decidan a la confrontación ideológica con Vox en vez de bailarle el agua. La disparatada reacción de algunos medios sobre la reciente sentencia del tribunal europeo asusta. Los titulares de prensa y las declaraciones que atribuían a la Unión Europea, a Bruselas o a Europa, y a la supuesta debilidad de España, la decisión sobre la inmunidad parlamentaria de Oriol Junqueras son exactamente iguales que lo que ellos condenaban con tanta vehemencia cuando se asignaban al Estado o a España las del Tribunal Supremo. No extraña que lo haga Vox, pero sí que esa forma de entender la independencia judicial esté tan extendida entre políticos, periódicos y opinadores. Haría falta un bálsamo para que pudiésemos mirar con optimismo el comienzo de los años veinte, la historia no es fácil de predecir, quizá llegue de una u otra manera, lo peor es perder la esperanza.

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