La cruz de Lampedusa


La fe son solo dos letras, pero mueve el mundo. Es voluntad religiosa o voluntad. La cruz de Lampedusa deberían de verla todos para sentirla. Es una cruz que hicieron en la isla italiana con madera de los cayucos de los inmigrantes que se ahogan en sus costas. Dos simples maderos. Las cruces no necesitan ser de oro para iluminar a quien sabe mirar. La religión es algo muy complejo. A veces la sientes como un horizonte al que te quieres acercar, pero, a medida que avanzas hacia el horizonte, este se aleja. Pero todo el mundo tiene en la garganta la pregunta de qué hay después. Chesterton, que era un genio, y católico, decía que «si no existiese Dios, tampoco existirían los ateos». Regresemos a la cruz, a esa madera que bendijo el papa Francisco y que él se empeñó en que recorra todos los países para tomar conciencia del holocausto que tenemos en el Mediterráneo. La sencillez de la cruz, pensar que sobre esos maderos y unos pocos más intentaron cruzar millas y millas de mar para pisar lo que creen que es un mundo mejor, estremece. Sabemos por mil imágenes que nuestras costas son desde hace mucho un tanatorio. Vivimos en la sociedad del desequilibrio. Está muy bien la gira de la cruz de Lampedusa. Ya ha hecho el Giro por Italia y ahora está en plena Vuelta. El de los inmigrantes es un esfuerzo que supera en millones al que hacen los ciclistas y no les dedicamos ni la mitad de páginas. La cruz de Lampedusa irá a Francia, al Tour. No borremos a esos niños muertos sobre la arena de nuestras memorias. Nadie como los cooperantes y los religiosos que ayudan por el mundo adelante. España, como es récord mundial en trasplantes, tiene también el récord de religiosos y no religiosos que ayudan y cooperan con quienes más lo necesitan. Están por todo el planeta. Es un ejército pacífico y silencioso de héroes. Los que creen y tienden la mano y los que solo creen en tender la mano. Los inmigrantes no vienen del tercer mundo ni del cuarto. Es peor. Vienen del mundo que no existe. Escapan de un lugar, que es su tierra, pero en el que no pueden ni darle de comer a sus familias. Cruzan desde África. Pagan a mafias. E intentan en esa madera de cayuco que hoy es una cruz de Lampedusa, ya convertida en símbolo, llegar al primer mundo, a la Europa que sueñan confortable. Los que no se ahogan encuentran rechazo. Solo el que ha pasado hambre sabe lo que es un estómago vacío. Volvamos a Chesterton: «El optimista cree en los demás, el pesimista solo cree en sí mismo».

Comentarios

La cruz de Lampedusa