Un año estable


Redacción

Rajoy salió del gobierno el año pasado y ya escribió sus memorias. En un año ya es pasado perfecto y pasado remoto. La percepción del tiempo no se basa en la cantidad de meses y años que se amontonan, sino en la cantidad de acontecimientos, en la sucesión de picos de atención, de contentos y de descontentos. Estos meses fueron pródigos en indignaciones, euforias, perplejidades, aplausos y puños apretados. Así que Rajoy ya parece un veterano venerable que podría presidir alguna fundación. Cuesta asimilar que aún siguen rigiendo nuestras cuentas los presupuestos que él dejó y que nos seguimos comiendo con patatas. Y hasta cuesta darse cuenta de que Pedro Duque sigue siendo ministro. Se habló mucho de él cuando lo nombraron y solo entonces, su aportación al Gobierno era que fuera noticia su nombramiento. Este fue un año agitado, lleno de elecciones, amagos, partidos ganadores que no acaban de ganar, partidos que emergen, partidos que desaparecen y partidos hundidos que no acaban de hundirse. Las minas puestas en Cataluña fueron estallando una a una, las grietas de abren y las trincheras se multiplican por toda España.

Todos dicen que necesitamos estabilidad, porque efectivamente parece un año inestable. Igual que parece inestable, si la miramos con un microscopio, la atmósfera de la sala mientras vemos la televisión. Las partículas no se están quietas, están en movimiento nervioso continuo. El estado microscópico del ambiente cambia continuamente, como un mar invisible encrespado. En física se distinguen esos microestados de los macroestados más estables de presión y temperatura. Lo que nos importa y lo que percibimos mientras vemos la tele es el macroestado estable de la sala, y no la cantidad de microestados inestables que lo realizan. En la vida pública lo relevante son también los macroestados, pero en este caso lo que percibimos con más claridad son los microestados. Por eso este año nos parece que pasaron muchas cosas, cuando en realidad estamos en una macrosituación estable, aunque no quieta sino en un movimiento lento con tendencias sostenidas. El problema es que también viven instalados en esos microestados irrelevantes quienes conducen la vida pública, ajenos igual que nosotros al macroestado que importa.

Un gobierno saludable debe notar dos inclinaciones a las que no debe ceder, pero que debe sentir: la ilustrada y la populista. La inclinación ilustrada lo tiene que llevar a ir por delante de los gobernados, saber algo más que ellos y ver más que ellos. La gente que lo vota le da el rol de ser el más listo de la clase durante cuatro años y a ello se debe aplicar. La inclinación populista tiene que hacerle sentir que al final tiene que haber comprensión y conformidad popular con su gestión. Ni la pulsión ilustrada debe llevar al despotismo ni la populista a la demagogia. Lo característico de nuestro año estable es que no funciona ninguna de las dos inclinaciones. No sentimos a gobernantes ilustrados con mejor criterio que el nuestro ni sentimos aquel halo tecnócrata que envolvía al primer gobierno de González cuando tomaba medidas que disgustaban porque ellos sabían más. Y tampoco sentimos el masaje facilón de los gobiernos populistas, como en la primera legislatura de Zapatero, cuando vivíamos en los mundos de yupi y a Miguel Sebastián le parecía que no se podía retirar el ponche en pleno guateque. Lo que sentimos es abandono y hastío.

El problema catalán llenó el debate público de emergencias y emociones patrias. Lo característico de una emergencia es que obliga a poner toda la atención en el peligro inminente y distraerla de todo lo demás. Lo característico de las emociones es que se hacen cargo de la conducta y disminuyen el razonamiento. Las emociones más intensas son las relacionadas con las estructuras más protectoras, el hogar (familia) y la patria. La situación de Cataluña llena emergencia y emoción nacional la vida pública y, por tanto, de todo lo que embota el razonamiento. El nacionalismo patriotero español de bandera en el balcón o en la Escandalera y de arriba España viene con un sectarismo facha histórico. El nacionalismo catalán lleva disueltos materiales reaccionarios y oportunistas evidentes. Para la gente normal la familia, la vida o la nación son obviedades y son un sobreentendido en su conducta privada y pública. Quienes sobreactúan sobre esas obviedades y las tratan como núcleo de su actividad, esos que gritan por la familia, por la vida y por la patria, aparte de poco que decir, tienen mucho que ocultar y de qué distraer. De esos ruidos se llenó el país, atizados, lógicamente, por quienes tienen mucho que ocultar.

Cuando baja el nivel de la representación política, como cuando bajan las aguas de un pantano, se van haciendo visibles terrenos cada vez más bajos y hacen fortuna quienes solo la pueden hacer entre ruidos, emergencias impostadas y emociones patrioteras de dientes apretados. Las voces más reaccionarias, normalmente refugiadas en grupos religiosos fundamentalistas y sectores pudientes de la Iglesia, resuenan ahora en el parlamento y en gobiernos autónomos. Igual que Pinochet en el plebiscito que lo echó del poder se había apropiado de la palabra democracia, así la ultraderecha y la derecha a secas infectada por ella se apropia de la Constitución y llaman constitucionalista a quien les apetezca. A la democracia propiamente dicha y a la mera civilización la llaman consenso progre, y el término progre, por lo que tiene de broma, les permite hacer en público lo que siempre hicieron en privado los niñatos ricos que no dan golpe: reírse de los humildes y de la democracia. Los ataques a la democracia se hacen fingiendo defensa a lo que ellos consideran imposiciones progres, y que es lo que la gente normal considera derechos y protocolos de convivencia. La derecha a secas reclama pactos de Estado sobre los temas en lo que no quieren ceder nada, los veteranos quieren decidir los gobiernos al margen de las elecciones y los golpistas salen del armario para decir lo mismo, pero con otro acento.

La izquierda anduvo ensimismada en los microestados, con gurús de pacotilla haciendo cálculos estrambóticos que siempre salían mal porque se hacían sobre situaciones huidizas. Sigue ocurriendo en el momento de escribir esto. Hay quien cree que puede controlar los tiempos y no ve que pueden cambiar antes de Nochevieja. En general, siguen sin afirmar e imponer principios claros más que enunciando su nombre en una letanía previsible sin chicha pedagógica (enseñanza pública, sanidad pública, giro a la izquierda, cambio climático…). Y sigue sin dar las batallas en el ámbito que corresponde. Incluso teniendo razón y sabiendo todo el mundo que la tienen, les cuesta parecer creíbles. Cualquiera entiende que los ricos tienen que pagar los impuestos que ahora evaden con artimañas y que es legítima una subida a las grandes fortunas, que su dinero es suyo pero es parte de la actividad nacional y que cumpliendo sus obligaciones siguen siendo ricos. Pero también piensa cualquiera que los ricos solo tendrán aquí su dinero si son lo más ricos posible y que con impuestos se lo llevarían a otra parte. Por eso la izquierda suena muchas veces justa pero no creíble. Hay cosas que no se pueden hacer aisladamente en un país. La izquierda sigue sin dar ciertas batallas en las estructuras internacionales, como la UE, que es donde se pueden obligar a racimos de países y no a países aislados. Lo que tiene aire internacional (feminismo, lucha contra el cambio climático, ultraderecha y el silencioso neoliberalismo) suena posible. Pero hay que articularlo estratégicamente con cabeza.

Por eso decíamos que la situación es estable, pero no quieta. La tendencia a desnutrir los servicios públicos, reducir la carga de los ricos y avanzar hacia una sociedad de oligarcas y supervivientes se mantiene, algo enmascarada por la capa protectora de una generación saliente que retiene derechos de otros tiempos. Por eso en lo esencial termina el año como empezó. La mayoría necesita un año de verdad nuevo y de verdad inestable.

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