Lloricas


Redacción

Quienes todavía estamos pagando la crisis, las clases bajas, no las medias, hemos sido dúctiles. Ha sido así más bien por resignación, no por un sentido de la responsabilidad absurdo. Cuando la vida te va regular siempre hagas lo que hagas, un poco de ayuda externa para terminar de hundirte es lo que esperas de cualquier gobierno y de nuestra sociedad. No te haces líos ni pajas mentales, sabes que vas a pagar los platos rotos, lo sabes porque lo llevas clavado dentro y vas por la vida caminando por el filo de una navaja. 

Los que pueden, los que no sufren tanto, los que deciden, presentan esta desgracia, el hundimiento de los que tienen poco, como algo inevitable. A los estragos causados por una crisis económica se unen los causados por decisiones políticas y empresariales que son presentadas invariablemente como fenómenos naturales, como si fuera la gota fría o un terremoto, como algo indisociable de nuestra condición de parias. No se puede hacer nada porque las fuerzas del mercado son un maremoto, y por eso Soraya Sáenz de Santamaría anuncio aquel día un montón de recortes con lágrimas de cocodrilo, las lágrimas más apropiadas que alguien como ella puede verter: la epidemia no se puede frenar y estos recortes son fruto de la naturaleza intrínseca del mundo en el que vivimos. La naturaleza es cruel, aunque duela a unos más que a otros, y el Gobierno no puede oponerse a las leyes de la naturaleza.

Ahora, ante el inminente nuevo gobierno antiespañol y filocomunista, en cambio, la naturaleza ha dejado de existir. Para los medios y para la oposición, el anuncio de una posible aunque poco probable subida de impuestos para quienes ganan más de 130.000 euros cada año, es fruto de la maldad y el odio. Es un ataque a la libertad, a la libre empresa, a España, a la decencia. Los empresarios tienen miedo, algunos anuncian que se van a llevar sus empresas a otro país, uno de esos en los que pagan sueldos más elevados a quienes aquí les negarían hasta el pan si pudieran. 

Esta virulencia de los ricos contrasta con la ductilidad de la que hicimos gala los pobres. Al fin y al cabo, nosotros no tenemos los altavoces mediáticos e ideológicos que tienen ellos, gente absolutamente incapaz de comprender que vive en una sociedad. Decía Santiago Carrillo que cuando llegó a Madrid durante la guerra, lo hizo para poner un poco de orden porque en aquellos entonces en Madrid te podían fusilar por llevar corbata. Ahora que los salvajes y los pobres congénitos nos hemos civilizado y hemos comprendido que la naturaleza es cruel y nadie va por ahí pasando a la gente a cuchillo, se ponen a llorar. Si es que no estáis contentos con nada, hay que ver. 

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