Podemos Vs. Neoliberalismo: David Vs. Goliat


Redacción

Iniciábamos la década de los años '70 y los aviones militares de Estados Unidos devolvían a casa, un día sí y otro también, soldados que regresaban de la guerra de Vietnam dentro de sus ataúdes, y los últimos soldados que salieron vivos de allí lo hicieron agarrados a los patines de los atiborrados helicópteros que los trasladaban a barcos fondeados fuera ya de los puertos. Hoy, bien podríamos establecer una semejanza entre la asimetría de fuerzas en los dos países involucrados en dicho conflicto bélico, por una parte, y en la del Neoliberalismo y Podemos por, otra. La correlación de fuerzas aparente en los dos casos señalados se inclina clarísimamente a favor de EE.UU. y del Neoliberalismo, respectivamente. Pero en el primero, la vocación de combate, la estrategia y la pericia del ejército vietnamita, aprendidas en su anterior guerra de independencia librada contra los franceses, fueron el arma que después dobló el brazo de la mayor potencia de la Tierra. En el segundo caso —objeto principal de estas líneas—, la vocación de combate (dialéctico) de las huestes podemitas no es desdeñable, pero su pericia y la estrategia de lucha política están dando unos resultados alejados del optimismo, si hacemos abstracción del eventual Gobierno de coalición, que, si finalmente se forma, será gracias al azar y porque «la soga al cuello» que tienen los dos, obliga.

Quienes a principios de 2014 nos movíamos en ese mundillo de la política extraparlamentaria habíamos acogido con ilusión la iniciativa de aquel grupo de jóvenes politólogos y otras personalidades progresistas que consistió en lanzar un Movimiento sociopolítico inspirado en la rebeldía deconstituyente del 15M, pero con el añadido de un horizonte constituyente nuevo. Sin embargo, tan solo dos meses después del lanzamiento, el apetito institucional de la mayoría de aquel grupo promotor los llevó a presentar una candidatura a las elecciones europeas y, por consiguiente, a inscribir a Podemos como partido político en el Registro del Ministerio del Interior. Con ello se acababa la brevísima etapa de un Movimiento político y se iniciaba la de un Partido político, lo cual no significaba un cambio solamente semántico: las numerosos portavocías —y en muchos casos coportavocías (menos verticalidad)— que existían en los ámbitos local, autonómico y estatal se reconvirtieron a la velocidad de relámpago en Secretarías Generales al frente de equipos vencedores, con lo cual, el Movimiento desapareció para dar paso al partido clásico, institucionalizado, que implica, entre otras cosas, unos tempos, un debate político, y hasta una agenda y hoja de ruta, que ya no marca una organización, como entidad autónoma, sino en gran parte los adversarios con los que se está compitiendo en el día a día. Porque «la actualidad manda».

Por otra parte, la evidencia empírica nos dice que los debates en el interior de los partidos políticos son, en su mayoría, tan solo deliberativos —sin trascendencia palpable— o para apoyar opciones por medio del voto pasional o de la apuesta por el «caballo ganador», sustituyendo en todo caso a la necesaria reflexión que conduzca a la objetividad en la toma de decisiones. Un ejemplo paradigmático de votación apoyada solo en esos dos elementos perniciosos se vio en la Asamblea Ciudadana Estatal  Vistalegre II, de Podemos, celebrada en febrero de 2017, en la cual se impuso, si bien por la mínima, la propuesta de Pablo Iglesias —votar conjuntamente documentos políticos vinculados a equipos de personas—, a la de Íñigo Errejón, que optaba por separar ideas de personas, es decir, elegir primero los documentos de trabajo y después, en otra votación, las personas que los debían aplicar, lo cual ayudaba a hacer de Podemos un partido diferente y coincidía como anillo al dedo con el lema «mandar obedeciendo» que hizo célebre Evo Morales. Dicho esto, también hay que consignar el tremendo error que supuso la candidatura estatal Más País de Errejón.

Con la perspectiva que dan el tiempo y los hechos, se puede afirmar que la fuerza institucional que alcanzó Podemos en sus inicios con sus 71 y 70 diputados estatales y autonómicos, respectivamente, condujo a su magro resultado electoral cosechado en las elecciones generales del pasado 10 de noviembre. Y es que aquella euforia desatada tras las elecciones del 2015 desvió la estrategia anunciada por Podemos en su nacimiento  —convertirse en un contrapoder del establishment—,  y ocurrió lo inevitable, al aceptar el aquí obsoleto eje izquierda/derecha como regla de juego, pues en el tablero político, los partidos identificados por el electorado en la izquierda de la actual socialdemocracia solo pueden ser subalternos; y de la subalternidad, en sentido gramsciano, hoy, en la cuarta economía de la Unión Europea, solo se capta el voto de una parte muy reducida porque  en su mayoría  nunca vota.

En ese sentido, si Podemos quiere escapar del reducido espacio en que quedó atrapado, tendría que replantear su actual discurso y su organización para adaptarlos a los electores que tiene y más allá, porque, como indican los estudios demoscópicos, su caladero no es la parte más vulnerable de la sociedad que escasamente se acerca a las urnas, sino una ciudadanía dinámica y transversal con ganas de avanzar, pero que también exige que el Estado no deje a nadie atrás. Hoy el eje izquierda/derecha, aunque académicamente pueda ser correcto, no explica los conflictos políticos en sociedades desarrolladas, y además el término «izquierda» ha sido prostituido en demasiadas ocasiones por quienes se lo han apropiado, entre otros, por la socialdemocracia en general, y la del PSOE en particular, pues su alma neoliberal y la mochila con sus casos de corrupción y atrocidades, juzgadas y condenadas penalmente, manchan el letrerito rojo «SOMOS LA IZQUIERDA» con el que adorna sus mítines. Una sociedad avanzada y compleja, como es la nuestra, busca —hay que insistir— una expresión política transversal, sin dogmas, cuya organización huya de la burocracia partidaria y ofrezca a su militancia en general la posibilidad real de trabajar sin la necesidad de ostentar un cargo público. En este sentido, la Asamblea —adecuadamente organizada y moderada— es una herramienta fundamental de participación ciudadana que fortalece al partido cualitativa- y cuantitativamente para avanzar en la dirección de derrotar a nuestro Goliat que supone el Neoliberalismo ibérico.

(*) Pepe Fuertes es miembro del Colectivo Astur-XXI

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