¡Viva el Rey! ¡Viva la República!


Los estentóreos vivas al rey, más propios de una parada militar que de un debate parlamentario, y las sesgadas citas de don Manuel Azaña me han parecido lo más sorprendente de la bronca sesión de investidura. Y también lo más significativo. Prueba de que la derecha se ha echado al monte y todo medio vale, incluso retorcerle el cuello a la Constitución, para combatir a un «Gobierno contra el Estado».

El intento de afiliar a Felipe VI a la España Suma de las tres derechas y convertirlo en ariete contra Sánchez y sus cómplices tiene delito. Supone un atentado contra la monarquía constitucional sancionada por los españoles. Y resulta asombroso que fuesen dos conspicuos republicanos, Pablo Iglesias y Aitor Esteban, quienes lo denunciaran. Las palabras del portavoz del PNV van a misa: «Es un flaco favor al rey y a su neutralidad constitucional. Intuyo que no estarán muy contentos en Zarzuela» por «identificar al jefe de Estado con su postura».

Cierto. Con amigos así, pensará el monarca, no necesito enemigos. Porque él sabe que o es rey de todos, incluidos los republicanos y quienes lo aborrecen, o no será rey de nadie. Apropiarse de la monarquía, echándole en cara a la izquierda su inequívoca alma republicana -aparcada en aras del consenso constitucional-, supone romper el compromiso del 78 e invitar al monarca a salirse -¿por qué puerta?- del papel arbitral que le atribuye la Constitución. La derecha debería repensar sus criterios a la hora de repartir carnés de constitucionalismo, aunque solo fuese para no dejar la carta magna en minoría, en cueros y a la intemperie.

Hemos pasado al patriotismo de vía estrecha y excluyente. Que se pretenda justificar con citas tergiversadas de don Manuel Azaña, para pasmo de quienes veneramos su figura y admiramos su talla intelectual, me parece grotesco. Causa estupor escuchar ese nombre en labios del neofranquista Abascal, pero también perplejidad observar la soez manipulación que Casado hizo de las palabras del último presidente de la República.

Sánchez abrió la tanda: «Todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo». Fue la única cita adecuada al momento que se vivía, porque Azaña utilizó esa imagen para rechazar el «dogma que excluye de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma religioso, político o económico». El uso más espurio de Azaña lo hizo Casado, al atribuirle esta frase: «Yo les tolero que ataquen a la República, pero nunca les toleraré que ataquen a España». Falso: Azaña jamás dijo tal cosa. Y en su frase más parecida a esa, se refería a los militares sublevados (no a Pedro Sánchez).

A los plumillas que escriben los discursos se les pasó por alto el enunciado más propicio para la ocasión. Aquel de don Manuel Azaña que, tras ganar las elecciones de febrero de 1936, enumera sus objetivos de Gobierno: «Tranquilizar los ánimos, asentar la democracia, aplicar lealmente el programa electoral, democratizar el ejército [...], aprobar la amnistía [presos de la revolución de octubre], restablecer el orden, aplicar la ley».

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