El jacetano que se empalmó

OPINIÓN

11 ene 2020 . Actualizado a las 19:12 h.

Ocurrió en uno de los aquelarres donde se practican ritos ecuménicos en los que interaccionan animosas ánimas, juguetones espíritus, exotéricas religiones, satanismos infernales, brujería medieval y trances histéricos. Ocurrió hace una semana (¿pasaría una y unos días?), en Barcelona (¿ciudad o provincia?, ¿sería en Gerona, o sería en Lérida, o tal vez en Tarragona?; pero ¿tiene esto relieve cuando se trata de la Santa Tierra catalana donde los arqueólogos bíblicos israelíes deberían excavar por si, en los años sin noticias de Jesús de Nazaret, este hubiese recorrido su geografía y anunciado a sus moradores que su Padre y Señor les había concedido la gracia de ser un pueblo incontaminado ya al octavo día de la Creación?).

Ocurre que también ha huido de mí, y no voy a ir a internet en su busca porque tampoco tiene relieve, el nombre del hombre que protagonizó el hecho más alucinantemente milagroso de ese aquelarre. Ocurrió lo que ocurre en toda danza africana inflamada por repetición, en todo viaje amazónico alucinatorio de ayahuasca, en toda secta gringa del fin del mundo, en toda alocución del cabrón-dios a su dorado rebaño (Hitler en Núremberg). Que se llega al éxtasis. Ocurrió que este hombre, inflamado por la danza, viajando en ayahuasca, embriagado de sectarismo, obnubilado por ser incluido en el rebaño sagrado, se empalmó.

Ocurrió que algún observador etic (el que contempla desde fuera el comportamiento de, por ejemplo, una tribu, comportamiento que recibe, por oposición, el nombre de emic, según criterio del lingüista Kenneth Pike), es decir, que no participó en esa demencial ceremonia, no pudo ver señales de semen en sus pantalones, bien porque no llegó a eyacular, bien porque el calzón y el pantalón eran gruesos y absorbentes. Ocurre, no obstante, y los aquelarres patriótico-xenófobos son propiciatorios, que los hombres sí pueden llegar a correrse de gusto y las «donas» a mojar las bragas, también de gusto, por supuesto. Ocurrió, finalmente, que días después de esta saturnal, se supo que el hombre que se empalmó no era catalán. Nació en Jaca, ciudad que, como es sabido, se enclava en un valle oscense no lejano de los Pirineos.