Símbolos que esconden bellacos (Iglesias-Garzón)

OPINIÓN

15 ene 2020 . Actualizado a las 08:23 h.

Hay símbolos que son la hostia. No exactamente de la magnitud de la hostia consagrada, pero que pujan para estar a la altura. Querer estar a la altura de la hostia es una manera de evidenciar mala fe, cainismo. Porque comer la carne de Cristo, aunque sea un acto simbólico (transubstanciación), es tan extraordinario como caníbal.

El de la Diosa es, creemos, el símbolo más universal y, aun así, no alcanza la dimensión de la hostia. La Diosa deviene al final en la hostia, porque la representación más característica de aquella es la Madre Tierra, que, a su vez, se prolonga en la Virgen María, la Madre Moderna, una actualización de la neolítica Madre Tierra. María, venerada ya durante dos mil años, tiene un porvenir garantizado desde el momento en que engendra y pare a Jesús.

Jesús, posteriormente, es hecho Cristo («Ungido», del hebreo «Mesías») y tomado de Oriente por Occidente como eje de una religión salvífica (muy conveniente: un no muere con la muerte) y amenazadora (muy conveniente también: los últimos no se levantan contra los primeros porque serán los primeros en el Reino del Señor).

Pero la Madre Tierra, la dadora de vida, con María, se desnaturalizó en el 431 (Concilio de Éfeso) con el dogma (verdad única) de su virginidad, que ya venía siendo reclamada desde el siglo II por algunos padres de la Iglesia, una desnaturalización que en las líneas que siguen la contemplaremos como un acto de perversión.

Los signos y los símbolos han sido pervertidos, tenaz y sistemática. El caso más gravoso, pavoroso, es el de la esvástica, que se remonta a la escritura sánscrita de la India con significados varios, todos ellos con connotaciones de «bien», y que el nazismo les arrebató para abarcar el «mal», pero no el mal «corriente». El Mal Absoluto.

Y es en este punto donde encontramos a Pablo Iglesias y Alberto Garzón. El lector está henchido de información acerca del pin que llevaron en el acatamiento a la Constitución y al Rey (¡?) en su toma de posesión como vicepresidente y ministro del Gobierno de Pedro Sánchez.

El pin es un triángulo rojo invertido que, conocido es, utilizaron Hitler y su régimen nada más llegar al poder, a principios de 1933, para identificar a la oposición de izquierdas y a los sindicatos obreros, capturados y metidos en campos de concentración, que nacieron con ese fin y luego tuvieron otros fines (judíos, gitanos…). O sea, el Horror.

Iglesias y Garzón adujeron que se lo habían puesto porque «simboliza la lucha antifascista». Bien, lo primero que hay que decir es que el triángulo no es un símbolo antifascista estricto, pues solo lo utilizaron los nazis, y los nazis rebasaron el fascismo. No hemos podido hallar en nuestra biblioteca ni en internet si este triángulo invertido nace con el nacionalsocialismo o es anterior y entonces, tal vez, otra corrupción de su mensaje.

Lo que sí podemos, y debemos, es desnudar a Iglesias y Garzón, desnudarlos para ver su naturaleza real, que no es otra que la propia de los bellacos. Pero ¿por qué sostenemos esto?

Uno: Ellos no representan a la izquierda; por consiguiente, son unos impostores. Solo puede representar a la izquierda quien vive humildemente. Ellos, junto a sus camarillas, son «fábricas» de hacer dinero (para ellos). Recientemente Pablo Iglesias declaró: «No vamos a olvidar de dónde venimos». La luminosidad de esta afirmación excluye otras fuentes de luz. No queda sombra para la duda.

Dos: Apuntalado que este pin, más que antifascista, ha de ser considerado antinazi, señala a Cataluña y al País Vasco, donde el odio racista ha echado raíces. Siendo esto cierto, ¿por qué eluden estos falsarios el término antinazi? Según nuestro análisis, en absoluto enredado en la opinión, sino en los hechos, porque, al menos Iglesias, tiene negocios con el independentismo, aparte de que él y Garzón son independentistas (Garzón calificó de «vergonzoso» que el Tribunal Supremo no dejara en libertad a Oriol Junqueras, y añadió que la justicia española era «fascista»).

Tres: Precisamente el uso de la palabra «fascista» es un recurso para movilizar al populacho (el «no pensante», en su sentido fuerte). Desde siempre, dividir es una estrategia de éxito. Desde 1919, en que Mussolini popularizó el término, el recurso al fascismo es el principal divisor político, acertado entonces, maquiavélico hoy. Lo usan los neonazis vascos y catalanes, y los valencianos y baleares, y los navarros de Bildu y el PNV imperiales. El nacionalismo es una ideología decimonónica levantada para el combate, la guerra, «nosotros» contra «ellos», donde el nosotros se asienta en unos rasgos culturales altivos que colocan en el paredón de los fusilamientos al resto, los ellos, los imperfectos. El resultado de esta ideología terrorista en los dos últimos siglos, que está renaciendo en el XXI, fue una carnicería. La antropofagia está latente (de una manera «civilizada»). No desapareció pese a los 2.400 millones de años de evolución. 

Cuarto: El triángulo rojo hace referencia a unos genocidas y exonera a otros. ¿Acaso no lo fueron Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot? ¿Qué son los regímenes cubanos, venezolanos, hasta hace unas semanas el nicaragüense, que acumulan evidencias, «veracidad» fue el adjetivo que usó una juez de Madrid, de pagos a Pablo Iglesias y financiación a Podemos? Autoproclamarse de izquierdas no es sinónimo de justicia social, de izquierda honrada. Ocurre a menudo que apelar a Marx y Engels es un subterfugio para oprimir al pueblo (incluido el populacho), exactamente igual que los regímenes fascistas.

Toda época tiene un tinte, un tono de color que la identifica. La de hoy, pintada con los colores básicos de siempre, incluido el mugriento de la condición humana, añade una mano de pintura fluorescente, atrayente, adictiva.

Es irresistible. Es el coro de voces de las sirenas de Odiseo. Esta sociedad de las posibilidades imposibles ha abandonado el miedo a los virus y bacterias, a los hongos y a cualesquiera microorganismos patógenos. Se deja seducir, embelecar, catequizar. Se abandona. Expulsa lejos el «yo soy», y la ética se esfuma.

Aquí, pues, tenemos las trampas de los tramperos talentosos del ardid (Iglesias y Garzón) para apresar a sus presas, sin que tengan necesidad de cubrirlas con hojarasca. Es innecesario. Tanto que hasta las marcan con el flamígero color rojo, porque la visión enturbiada de los Odiseos que rechazan ser atados al palo mayor de la nave errante, que se piensan inmunes, que se sitúan mansamente por decreto-ley en el bando de los «no fachas», son incapaces de ver que el rojo es un tosco brochazo que no oculta el color azul, precisamente el adjudicado a los fachas.