Eran tantos los augurios de que el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos se iba a convertir en una jaula de grillos, en la que cada partido haría la guerra por su cuenta y en la que no habría espacio suficiente para albergar dos egos tan inmensos como los de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que a lo que asistimos ahora es a toda una representación que trata de desmentir esos negros presagios por la vía de los hechos. Bien está, por supuesto, que un equipo que se acaba de formar intente ofrecer una imagen de unidad, compañerismo y colaboración. Pero el peligro, como siempre, está en la sobreactuación. El exceso de gestos, guiños, señales de compadreo y declaraciones de eterna fidelidad acaba dando la impresión de que no es una fraternidad sobrevenida, sino una coreografía perfectamente diseñada que confirmaría sus propias prevenciones ante los posibles desacuerdos.

Pero, más allá de las palmaditas en la espalda de Sánchez a Iglesias o de las exageradas reverencias del líder morado ante la vicepresidenta Carmen Calvo, esa imperiosa necesidad de mostrar unidad está dando lugar a situaciones grotescas. Casi produce lástima ver a Iglesias defendiendo la idoneidad de la designación de Dolores Delgado como fiscala general del Estado después de haberla vinculado a «la basura de las cloacas de Interior». Y se antoja humillante que Sánchez precise en su primera rueda de prensa que no es una propuesta suya, sino «colegiada» por parte de todos los miembros del Gobierno. Es decir, que no es que Iglesias la apruebe, sino que es tan responsable como él de la inexplicable elección.

En una sociedad digitalizada ya no es la hemeroteca, sino la videoteca, la que va a perseguir a Iglesias durante toda la legislatura y la que pondrá a prueba cuántos sapos es capaz de tragar. Por eso es inútil también que los dirigentes de Unidas Podemos estén procediendo a un borrado masivo de sus mensajes de Twitter, como aquel en el que el flamante ministro de Consumo, Alberto Garzón, aseguraba que el mejor modelo de consumo del mundo es el de Cuba. Pero habrá que ver hasta cuándo dura esa armonía, porque la batalla de la legislatura no será entre Sánchez e Iglesias, sino entre Iglesias y el plenipotenciario Iván Redondo, encargado de la comunicación del Gobierno, al que le costará cumplir la misión de atar en corto al líder morado, que no parece consciente de que es todo un vicepresidente del Gobierno de España. En solo 24 horas, Iglesias ha provocado ya el primer conflicto institucional del Ejecutivo con el Consejo General del Poder Judicial al afirmar que es «una humillación para el Estado español que jueces europeos le quiten la razón a jueces españoles». Y habra más.

La próxima prueba de fuego para la coalición será la votación del suplicatorio de Carles Puigdemont en el Parlamento europeo. Habrá que ver si Unidas Podemos está a favor de «traer a España» al fugado, como propuso Sánchez, o si se opone. Claro que aún podría ser peor, si la unidad en este caso llega por la vía de que el PSOE no apoye que el prófugo rinda cuentas ante la Justicia.

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¿Podrá Redondo controlar a Iglesias?