Vox marca el paso, Casado va detrás


El llamado pin parental, que no es otra cosa que censura pura y dura de contenidos educativos, ilustra muy bien cómo son las relaciones entre los tres partidos de la derecha. Vox pone en circulación una medida retrógrada y la impone a sus socios, el PP la hace suya y Ciudadanos balbucea y queda fuera de juego. La influencia también es manifiesta en otras materias, como inmigración, feminismo, memoria histórica o violencia de género. El propio Casado ha hablado de violencia doméstica, denuncias falsas y chiringuitos, empleando el mismo lenguaje que el partido de Abascal. Vox pretende dinamitar los consensos básicos de nuestra democracia y acabar con avances sociales que ha costado mucho tiempo alcanzar. En este sentido, el mal llamado pin parental es un ataque frontal a la educación pública. Lo enmarcan dentro de una pretendida «guerra cultural» a la izquierda, en línea con el trumpismo y Bolsonaro. Ciertamente la censura forma parte del ADN de la ultraderecha, Vox ya se ha mostrado a favor de cerrar medios de comunicación e ilegalizar formaciones políticas, pero lo preocupante es que un partido de Estado como el PP esté cayendo en su trampa al comprar parte de su discurso. Abascal es quien lleva la iniciativa y marca la agenda política; Casado va detrás y aplaude. Hasta tal punto que dirigentes ultras han salido entusiasmados a agradecerle su apoyo en la cuestión del pin. No se puede defender la centralidad y la moderación, como ha hecho el líder de los populares, y luego adoptar las políticas reaccionarias de Vox. Es la cuadratura del círculo. Pero la lección está ahí: los electores acaban prefiriendo el original a la copia. Que se lo digan a Rivera.

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