Tarjeta roja y sanción para Vox


Facebook sacó tarjeta amarilla a Santiago Abascal hace unos días. Tras la implantación de un VAR para los bulos, marcó como «información falsa» un vídeo manipulado por su partido y compartido por él. El miércoles la cartulina cambió de color. A rojo. Twitter suspendió la cuenta de Vox (un formidable altavoz con 388.000 seguidores) y no le permitió hacer nuevas publicaciones. ¿La razón? Un mensaje que incitaba al odio.

¿Qué decía? Pues acusaba al Gobierno de promover la pederastia con dinero público. Una auténtica barbaridad que debería ser inaceptable para cualquier persona civilizada. Por fin lo ha sido para la red social del pájaro azul, una plataforma muy relevante que ha espantado a muchos usuarios por permitir barra libre de insultos, descalificaciones y publicaciones delirantes. Y que ahora traza líneas rojas.

Por supuesto Vox dice que es censura. Y no se arrepienten. Les ofrecieron restaurar la actividad normal si borraban la burrada. No quisieron. Prefirieron rasgarse las vestiduras y ponerse sus dos disfraces preferidos, el de víctimas de una conspiración y el de portavoces del pueblo. Los visten a menudo para crecer con polémicas como la del llamado pin parental. Lo fabrica el mismo sastre que ha permitido a Trump batir todos los récords con 16.000 mentiras en tres años. Y aún así aspirar a la reelección.

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