El corazón del invierno


Es de lluvia y viento, de estaño en la mar y de nieve en los caminos, sus sístoles son cristalinas y heladoras como el viento del norte que precede al vendaval -ventus validus- tan del gusto de Cunqueiro, y las diástoles del corazón de invierno son de nordés y de raiolas del mediodía.

Este invierno es bisiesto, prolonga un día más su estancia en el país, alargando el mes más corto que preludia obstinado la primavera.

Y viene febrero blanqueando la cabellera floral de los almendros, contando la vida en las ramas jóvenes de los árboles viejos, trayendo la Candelaria como una segunda fiesta luminosa que enciende las candelas del tiempo por venir, y se empapa de viejos refranes campesinos, «si a candelaria plora, mitad do inverno vai fora», y las primeras cigüeñas del año van anidando en las espadañas de las iglesias.

Pronto se decretará el entroido, el carnaval, justo antes de que el Miércoles de Ceniza proclame el inicio de la Cuaresma.

Estamos en el corazón del invierno y, como en el libro de Robert Jordán, se establece la rueda del tiempo que va girando al ritmo que marcan los latidos de las estaciones y de la vida que transcurre entre chubascos, lloviznas y aguaceros.

La lluvia es un telón cadencioso que sube y baja según la función en el teatro del tiempo, mientras el invierno, muerto de frío se acuna en un hogar frente al que silva el viento. Es el nordés del poniente que corre espantando el agua de la lluvia de enero.

Galerna sosegada, vientos del norte como una canción antigua.

Y el invierno tiene su corazón escrito en un relato, en un cuento de Chejov, en una novela de taigas y de estepas de Lev Tolstoi, en los relatos escuchados en otras vidas habitadas junto a la lareira popular, historias de caminantes perdidos en la niebla, fábulas de lobos vestidos de invierno, y de santas compañas deambulando perdidas buscando encrucijadas olvidadas.

Y la luz de las amanecidas tiene ese brillo de transparencias, ese color diáfano que se instala en el paisaje mientras se despereza la mañana y ciñe en un abrazo fraterno al corazón del invierno, que marca su respiración de agua en un tic-tac que es la señal que atestigua que sigue vivo el universo.

Y quien esto escribe se pone lírico y melancólico mientras escucha los sonidos de la lluvia, que son como si estuviera subrayado el silencio en una melodía de Simón y Garfunkel. Fuera llueve en el centro del corazón del invierno.

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