No ha habido paz y después gloria, sino primero Gloria y ahora, finalmente, ha llegado la paz. Una paz que, como todas las meteorológicas, es más bien una tregua. Porque el clima siempre está en un período de entreguerras.
Puesto que Xavier Fonseca, que es el que escribe magníficamente sobre estas cosas en este periódico, está en la Antártida, y es del único del que me fío, he tenido que presentir la llegada de Gloria por mi cuenta. Vi hace unos días unas hermosas estelas de los aviones que van y vienen de Barajas, hilvanando el cielo, largas y amplias — hay quien piensa que son contaminación, pero es fundamentalmente vapor de agua. Cuando la atmósfera está seca, esas estelas se deshilachan y desaparecen enseguida; pero cuando se las ve así, persistentes, blanquísimas y densas, es que hay mucha humedad en el aire y algo va a pasar. Me pareció que el viento me daba una palmada en la espalda y se iba de izquierda a derecha, desajustado con la dirección de las nubes en lo alto, que es lo que suele hacer cuando trama algo malo. Luego el cielo se volvió de plomo, como cuando quiere nevar. Estaba todo lo que acompaña a la nevada: el silencio característico, la luz de color naranja, el frío… Todo menos la nieve misma, que solo acabó decorando los picos gastados del Guadarrama, como un ejercicio de confitería.
Y entonces llegó el vendaval. La borrasca Gloria entró como la cantata Gloria de Vivaldi, bruscamente y en re mayor. Había nacido en el Atlántico, pero saltó de una zancada la Península para cambiar el viaje y embestirla desde el este, disfrazada de temporal levantino. Hasta que se debilitó y desapareció de los mapas. Pero ya había soltado a sus sabuesos, que son los que han estado golpeando el litoral mediterráneo estos días, dejando a su paso un rastro de destrucción y píxeles. Porque la furia de la naturaleza, que antaño tenía la grandeza de lo sagrado, es hoy un reality, un selfi, algo que la mayoría vemos por intermediación del narcisismo del móvil, tembloroso y en vertical: un golpe de mar que se lleva unos coches de un paseo marítimo, el cartel indicador de una autovía que cae derribado por el viento, un río que se desborda y se traga una carretera… Todo ello siempre con esa voz de fondo irritante del que sostiene el teléfono y no puede evitar expresiones de entusiasmo: «¡Guau! ¡Ostrás!» —y yo empiezo a sospechar que, como los chavalillos que encabritan la moto, si la gente filma las tormentas estas se vuelven peores.
Los ecos de Gloria han repartido furia y miseria a lo largo del litoral. En la Ciudad Olímpica de Barcelona el viento reescribió la Biblia al tirar al suelo la escultura de David y Goliat, a los dos. En las Baleares se midió una ola de 14 metros, que cayó sobre isla Dragonera como una imitación casi perfecta de la gran ola del famoso grabado japonés —era, de hecho, dos metros mayor que la de Hokusai. En Tossa de Mar las calles del casco histórico se llenaron de una extraña espuma. El Delta del Ebro ha quedado convertido en un charco de arrozales salados. Los ríos se han desmandado, han caído puentes, han desaparecido por completo decenas de playas. Quizás más de una docena de personas hayan muerto. Los temporales son fragmentos del Apocalipsis, como aquel libro de Torrente Ballester.
El miércoles todavía seguía golpeando el temporal. Y luego se fue, también como el Gloria Vivaldi, entonando una fuga. Porque el viento en la borrasca es como una cantata a varias voces. Se marchaba por el nordeste, camino de Francia, repitiendo una y otra vez la palabra amén.
Comentarios