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Me da igual si Ábalos se vio o no con la venezolana de Maduro, que Pedro Sánchez no reciba a Guaidó y que Zapatero lo bendiga y Felipe lo condene. Me da igual que nombren fiscala general a la ministra de Justicia, especialmente a esa, o que Torra se rebele y siga de diputado. Me da igual incluso que Sánchez se entreviste con él en tales circunstancias o que pacte con Bildu y devuelva a Euskadi a todos los presos etarras. Como si quiere montarles una cárcel para ellos solos o soltarlos. Me da igual. Y he llegado a esta indiferencia casi sin percatarme, por descuido. Ya ni percibo las distancias entre el fraude de Gürtel, el tres por ciento catalán o los ERE andaluces. Es tanto el ruido, tanta la intoxicación, que no me extraña que el ciudadano medio ande confuso, como atontado, con todos los umbrales de escándalo sobrepasados y sin capacidad, por tanto, para asimilar uno nuevo, el de las niñas de Baleares, por ejemplo.

Tenemos que preguntarnos qué ocurre cuando todo un pueblo se queda imposibilitado para el escándalo, embotado por el exceso de desvergüenza, ahíto, espeso, con el cerebro a cámara lenta y sin recursos para la reacción. Se necesita cierta capacidad de escándalo frente a lo inmoral, de la misma manera que el dolor avisa de lo enfermo y alerta.

Se empieza por perder el sentido del ridículo. Viene luego la desfachatez y la mentira continuadas. Se deja de distinguir entre el bien y el mal (el mal solo se reconoce si no se practica). Y al final, vale cualquier cosa que me convenga por mucho que dañe a los demás. Ahora a muchos les conviene el barullo y a la gente, sobrepasada, quizá le dé igual eso y lo que invente el CIS… hasta que vuelvan a votar.

@pacosanchez

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