Destinos


La vida es un azar pero -aún teniendo en cuenta el atenuante judeocristiano del libre albedrío que nos da cierta capacidad de maniobra- los seres humanos siempre hemos creído en una fuerza superior que traza nuestra vida y llamamos Destino.

Siempre ha habido augures que dan cuenta de él pero es inútil, no porque el destino sea una quimera, sino porque el destino es una sucesión de acontecimientos tan inabarcables en número y combinación que el entendimiento humano solo puede simbolizarlos bajo ese concepto.

Tengo un amigo octogenario y bonachón que fue víctima de los atentados de Cambrils, a quién su habitual paseo nocturno por la playa le llevó a toparse ese día con la cimitarra sarracena del último terrorista abatido. Le costó la nariz y un hematoma subdural que aún le sigue dando guerra. ¿Qué explicación se puede dar a esto más que el destino?

El destino no tiene sentido, pero tiene una explicación a toro pasado que maldita la gracia que hace.

Hay vidas que sufren un castigo tan cruel, injusto y excesivo que solo pueden asumirse desde la existencia de un «estaba para mí» que no atiende a súplicas, querellas ni místicas variadas. El destino es algo aleatoriamente irremediable.

Me acordé de este hermoso cuento persa:

«Erase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no era como todas; porque esa mañana vio a la Muerte en el mercado y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

-Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

-Pero, ¿por qué huyes?

-Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo; y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

-Muerte -le dijo acercándose a ella-, ¿Por qué has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

-¿Un gesto de amenaza? -contestó la Muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque hoy en la noche debo llevarme a tu criado en Ispahán».

Mi amigo escapó de una Barcelona herida de muerte y se la encontró despistada dando un paseo por Cambrils.

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