Desde el minuto uno, la oposición ha planteado esta legislatura como una guerra total contra el Gobierno. La respuesta de Sánchez está siendo actuar sin ningún tipo de complejo, restricción o temor a las críticas, por ejemplo al nombrar fiscala general del Estado a la exministra Dolores Delgado, anunciar una reforma del delito de sedición con rebaja de penas que beneficiará a Junqueras y los demás presos independentistas, o defender de forma cerrada a Ábalos tras su oscuro encuentro con la vicepresidenta de Maduro. No hay concesiones ni por una ni por otra parte. Dicho en términos bélicos, no se hacen prisioneros. Al mismo tiempo, el Ejecutivo va dosificando una a una medidas como el aumento de las pensiones, el sueldo de los funcionarios y el SMI, este último tras un acuerdo con la patronal y los sindicatos, su mayor éxito hasta ahora. Los pactos con populistas e independentistas y los asuntos citados al principio son, en principio, un arsenal de destrucción masiva contra Sánchez. Pero la pregunta es: ¿lo está utilizando bien Pablo Casado? La respuesta es rotundamente no. Ha cometido un error de principiante al hacer seguimiento de Vox con el veto parental, desviando la atención de lo importante y beneficiando de paso a los socialistas. Utilizar políticamente a las víctimas de ETA se le ha vuelto en su contra, porque algunas, incluida Consuelo Ordóñez, se lo han afeado. Y valerse de Venezuela para atacar al Gobierno es de una eficacia muy limitada. Ya está en un tris de pedir la dimisión del presidente, tras exigir la de Ábalos, y no llevamos ni un mes de Gobierno. ¿Qué hará si la legislatura dura cuatro años? Casado corre el riesgo, si no afina, de que la oposición le desgaste más que a Sánchez el poder, como ya advirtió el maléfico Andreotti.

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Guerra total