«Brexit»: catarsis y anticlímax


El viernes Gran Bretaña abandonará definitivamente la Unión Europea y ya empieza a percibirse un anticlímax. Mientras que la batalla por lograr o impedir esa salida de la UE generó un torrente de tinta y comentario, todo apunta a que el hecho en sí va a transcurrir con más indiferencia que pasión. Es lógico, porque el brexit nunca fue un debate racional sobre las ventajas e inconvenientes de tener a una Gran Bretaña euroescéptica en la UE, sino un episodio más de las guerras culturales de nuestro tiempo. Lo que se ha debatido en torno al brexit, en Gran Bretaña y en el resto de Europa, ha sido una cuestión de identidad, un nosotros frente a un ellos.

Recordemos que todavía en el 2015, un año antes del referendo del brexit, la opinión pública europea pasaba por un momento de profundo euroescepticismo, que se había desencadenado por la crisis económica del 2008, agravada en Europa por el euro. Entonces, algunos exigían la expulsión de Grecia de la Unión, mientras que otros veían con hostilidad a Bruselas, que imponía recortes draconianos a los países del sur de Europa para salvar la moneda única. Se habló mucho de la falta de democracia y transparencia en la UE, del predominio excesivo de Alemania, del desapego elitista de la burocracia bruselense (problemas, todos ellos, bastante reales). Pero, tan solo unos meses después, el brexit ganó el referendo del 2016 y lo que siguió fue un fenómeno de psicología de masas digno de estudio: de repente, la opinión pública europea dio un vuelco espectacular para volverse entusiásticamente favorable a la UE, olvidando todas sus críticas y cerrando filas para unirse frente al otro, al que «abandona el barco». Es una reacción que tiene algo de positivo, porque revela que la UE ya ha logrado crear su propia forma de patriotismo. Pero también confirma que esta está tan lastrada de prejuicios como pueden llegar a estarlo los patriotismos nacionales. Basta mirar los comentarios de muchos lectores a las noticias sobre el brexit en cualquier medio, cargados de referencias xenófobas contra los británicos y rencores históricos anacrónicos.

La hostilidad europea al brexit tiene, sin duda, una parte racional: en principio, podría ser económicamente perjudicial para los demás países europeos. Pero el debate no ha ido por ahí, sino que se ha parecido más a las emociones que despierta un divorcio: orgullo herido y sentimiento de pérdida. Pasada la catarsis de la ruptura, ahora toca reconstruir la relación en términos lo más mutuamente favorables posible. Como en muchos divorcios, quién sabe si con el tiempo se verá que fue lo mejor para todos.

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