Quim Torra tendrá una salida mucho más honrosa de lo que se merece. En su particular peregrinación hacia el calvario de la inhabilitación total, el religioso presidente (aún) de la Generalitat pasó este lunes su particular última caída. Fue abandonado y negado por los suyos en el Parlamento catalán, que se repartieron su túnica de diputado a la espera de la crucifixión metafórica de la sentencia definitiva del Supremo. Se supone que en un plazo de tiempo no superior a dos o tres meses.

Torra obtendrá así su particular espacio en el santoral de los mártires del independentismo más absurdo. Nadie contaba con él cuando salió de las últimas filas del Parlamento para convertirse por sorpresa en el heredero del huido Carles Puigdemont, que encontró en su paisano gerundense un fiel secuaz con el que intentar seguir mangoneando en Cataluña desde la Generalitat.

Torra, que siempre presumió de valiente y atrevido, pisó en numerosas ocasiones la línea roja de la legalidad, aunque sin atreverse nunca a superarla. Pero vivir todos los días al borde del precipicio es complicado. Y Quim se metió con un adversario al que presumía más pequeño y débil, la Junta Electoral. Pero se equivocó en el cálculo de fuerzas y ahora lo pagará abandonando las cuantiosas prebendas que le otorga su puesto de presidente de todos los catalanes, aunque solo atienda a lo que le piden menos de la mitad de ellos.

Torra no se irá en silencio y con dignidad. Si su antecesor optó por huir en el maletero de un coche tras el esperpento de proclamar la república catalana diez minutos e irse de fin de semana a su Gerona natal para disfrutar de unas tapitas de tortilla -española, por supuesto-, a Quim no se le ocurrió nada mejor que intentar arrastrar a su desesperación a todo el Parlamento, obligándolos a mantenerlo en el cargo aún a riesgo de prevaricar.

Claro que los otros diputados no están dispuestos a acabar en Lledoners. Esquerra Republicana hace mucho tiempo que sabe en carne propia, ¿verdad Junqueras?, que los desafíos al Estado de derecho se pagan con la cárcel incluso en los tiempos de un Gobierno amigo necesitado de apoyos parlamentarios. ERC explora desde hace meses una nueva alianza que aparque el frente secesionista y le permita enviar al olvido a los restos de la antigua Convergencia. El PSC y la franquicia catalana de Podemos están también en la misma jugada y esa alternativa es la que, en realidad, preocupa a Puigdemont. Por eso Quim puede darse ya por amortizado y se irá feliz con el pin (no parental) que le acredita como un mártir más de la iconografía separatista. Porque de su gestión no hay nada que decir. Nada.

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La penúltima caída del mártir Quim