La piel de plátano de Venezuela


Que la oposición no ahorrará esfuerzo ni método alguno para descalabrar al Gobierno no es ningún secreto. Ha sido anunciado a voces, incluso desde la tribuna del Congreso. Que toda estrategia política pasa por atacar los flancos más débiles del adversario cae de cajón. Que las costuras presumiblemente más flojas de la coalición se refieren a su posición sobre Cataluña y Venezuela deberían saberlo los sastres que hilvanaron el dobladillo. Si esto es así, resulta inexplicable que el Gobierno, a las primeras de cambio, entregue munición al enemigo: ya sea con su anuncio de reformar el Código Penal para rebajar las penas por sedición, ya sea con su desplante a Juan Guaidó, «presidente encargado» de Venezuela.

Conviene advertir que, en esta ocasión, Pedro Sánchez no ha caído en una trampa tendida por la derecha. Porque no fue la oposición, aunque ahora se relame, la que colocó la piel de plátano bajo sus pies. Ni la que provocó que el presidente, a resultas del resbalón, se metiese en el doble charco venezolano. Primeramente, con su negativa a recibir a Juan Guaidó y, seguidamente, con su espaldarazo a la misteriosa entrevista de Ábalos con Delcy Rodríguez, la número dos de Nicolás Maduro.

Primer charco. Pedro Sánchez tendrá que explicar por qué no quiso recibir a Guaidó, a quien hace un año reconocía y bendecía como legítima autoridad de Venezuela. Las «cuestiones de agenda», el pretexto alegado, no cuelan. Significa relegar la audiencia al capítulo de «asuntos menores», porque se supone que la agenda de nuestro presidente guarda un orden de prioridades. Significa también que su agenda está más sobrecargada que la de sus colegas, porque hasta cinco jefes de Gobierno de la UE, el presidente francés y el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, sí tuvieron tiempo para entrevistarse con Guaidó. Y hasta Angela Merkel aprovechó su paso por Davos, a cuya cumbre también asistía Sánchez, para fotografiarse y no desairar al dirigente venezolano.

Segundo charco. La entrevista del ministro de Transportes -no la ministra de Exteriores- con la vicepresidenta venezolana, que tiene prohibido pisar suelo europeo, roza el esperpento. Primero se niega el encuentro, después se indica que fue casual, más tarde se dice que Ábalos actuaba como recadero de los ministros del Interior y de Exteriores y nadie aclara de qué se habló, cuánto tiempo se habló, ni dónde se habló.

Ábalos se limitó a decir que le había prestado «un servicio al país». Y Pedro Sánchez intenta zanjar el episodio al afirmar que Ábalos «evitó una crisis diplomática». De ser así, nos encontramos no entre dos charcos cuyas salpicaduras alcanzan al Gobierno, sino en un auténtico socavón de una política exterior a contracorriente de la que diseña la Unión Europea. Por eso, el presidente está obligado a explicar en qué consistió la crisis abortada. Aunque solo sea para no dar pábulo a quienes sostienen que el chantaje de Nicolás Maduro y las cesiones a Unidas Podemos fueron las pieles de plátano que hicieron resbalar al Gobierno Sánchez.

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