Azul, negro, pardo, rojo, morado, amarillo

OPINIÓN

09 feb 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Colores. Estos (y otros) fueron y son aprehendidos por los totalitarios, ensuciándolos. Un demócrata vería reducida la paleta de su vestuario a no ser que, usándolos, los arrebatara a aquellos para lavarlos, devolviéndolos al origen, en el que no hay mácula, rastro obsceno.

Conocidos son el rojo y la impostura del calificativo los «rojos». Del rojo se apoderó el comunismo internacional criminoso. Pero, en la España de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo, se cubrió con un gran manto de este tinte a todos los antifascistas, incluidos los liberales.

El régimen neonazi catalán ha optado por el amarillo. El amarillo y el azul sientan bien, quizá más, en general, el segundo. El azul lo hizo suyo la Falange, acertadamente pues. No es fácil ver a alguien que no resulte favorecido con prendas azules, tirando más a oscuras que a claras. El azul marino, por ejemplo, tiene pocos contrincantes.

Santo y seña de nítido «nacional», las camisas azules vestían España. De manera especular, el amarillo viste Cataluña. En él se envuelven gentes de buena fe, pollinos, pero de buena fe. Junto a ellos, los depredadores de la alta burguesía, sobremanera barceloneses, aburridos de vidas sin sobresaltos que adoraron a Franco y este les regó con pesetas. También los payeses, con un grado, en su mayoría, de incapacidad cognitiva para percatarse de que su enemigo es otro, el Capital, y los charnegos y descendientes, famélicos apátridas, asimismo sobreexplotados y ciruelos, que son tan necesarios como repulsivos para los «pura sangre» autóctonos, entre los que no cabe Puigdemont, con abuelo andaluz, del mismo modo que Hitler no encaja en lo “ario”, por abuelo judío. ¿Cuántas generaciones se necesitan para ser etiquetado como un pura sangre? ¿Cuántas para ser un cerdo con pedigrí?

No obstante, el amarillo decaería, raído, de no ser por los miles y miles y miles de ejemplares de las piaras de políticos, funcionarios, interinos expectantes, arribistas, cobardes, mantenidos, que vierten los dineros públicos sobre sí y se ayuntan en una orgía propia de una película porno de chulos y putas. Estas piaras son el engranaje de esta formidable maquinaria de odio y espanto. ¿Cuántos de ellos seguirían siendo piezas de este mecanismo si el Estado multiplicara por tres sus nóminas a cambio de ser «españoles»?

(Samuel Johnson, el gigante de las letras de la Inglaterra del siglo XVIII, escribió: «El patriotismo es el último refugio de un canalla». Johnson apuntaba no a los patriotas por inclinación sino a los que lo son por rédito).

Viene en este punto la imagen de Laura Borrás, el perro (a) de JxC, el día en el que el mezquino cagón y millonario Roger Torrent, para evitar la cárcel, le retiró el acta de diputado al amargado tirano Joaquín Torra. Se la pudo ver en TV con un vestido largo amarillo chillón, a modo de espantaespañoles. Como es alta, larga y ancha, el vestido, para asentarse, tenía la superficie de una sábana de cama de dos metros, y su tono fluorescente emitía radiación por el pasillo que recorría, sin percatarse de que esa misma radiación la radiaba a ella, tipo rayos X, y las placas resultantes estaban plagadas de tumores de una malignidad moral impactante.

El morado, en política, es un color republicano que recientemente ha puesto de moda Podemos, precisamente por ello. Hay dos Podemos en realidad. Uno está constituido por la cúpula y las sanguijuelas agradecidas. El otro lo integran los incautos y torpes votantes que se tapan los ojos para no mirar el enriquecimiento exponencial de Iglesias-Montero y el aritmético de otros muchos. O sea, de los que con descaro abandonan, dejando tirados a los feligreses, la República Celestial y se instalan en el Paraíso Terrenal.

Luego están los ex: los defenestrados de la cúpula (Bescansa, Errejón…); los caídos por votar en contra de la compra del chalet de Galapagar; los que se opusieron a las prácticas mafiosas de Irene Montero (ministra de Igualdad, por Dios) con su guardaespaldas, y quienes se asquearon con los sobresueldos, la financiación opaca del partido, etcétera. 

Tanto el azul como el amarillo y el morado son la mímesis del negro, pardo y rojo. El morado entronca con el rojo de las purgas y gulags estalinistas (postmodernos, naturalmente). Y el azul y el amarillo son la réplica del negro de las camisas negras fascistas, una policía de asalto al servicio de Mussolini, que sería copiado por las SS de Himmler, que empezaron por liquidar a las SA y terminaron por ser un ejército paralelo de los nazis, el más sádico de la Historia de la Humanidad. El pardo de las SA fue el color del primer uniforme del nazismo naciente, cuyo referente era el de las camisas negras italianas (la versión española, el azul de Primo de Rivera). Lo que resulta esclarecedor es el parecido entre el pardo y el amarillo.

Igualmente esclarecedor es el parecido de algunos días, aun a pesar de mediar tiempo. El pasado jueves, día 6, se asistió a la reedición del encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Cámbiese Hendaya por Barcelona, Franco por Sánchez y Hitler por Torra y se obtendrá la foto, de nuevo postmoderna, de la España del 6 de febrero de 2020. Aunque con una singularidad no menor, pues Franco no se metió en la «cavidad anal» de Hitler y Sánchez se metió en la de Torra (la expresión de vivir en la «cavidad anal» de alguien es del protagonista de la serie «You», capítulo 6 de la temporada 2).